





Aprender
a fracasar
Cada frustración,
cada descalabro, cada contrariedad, cada desilusión, lleva consigo el germen de
una infinidad de capacidades humanas desconocidas, sobre las que los espíritus
pacientes y decididos han sabido ir edificando lo mejor de sus vidas.
Autor: Alfonso Aguiló
Fuente: Interrogantes.net.
El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse,
decía el conocido estadista e historiador británico Winston Churchill.
Nadie puede decir que no fracasa nunca, o que fracasa pocas veces. El fracaso
es algo que va ligado a la limitación de la condición humana, y lo normal es que
todos los hombres lo constaten con frecuencia cada día.
Por eso, los
que puede decirse que triunfan en la vida no es porque no fracasen nunca, o lo
hagan muy pocas veces: si triunfan es porque han aprendido a superar esos pequeños
y constantes fracasos que van surgiendo, se quiera o no, en la vida de todo hombre
normal.
Los que, por el contrario, fracasan en la vida son aquellos
que con cada pequeño fracaso, en vez de sacar experiencia, se van hundiendo un
poco más.
Triunfar es aprender a fracasar. El éxito en la vida viene
de saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. De esta
curiosa paradoja depende en mucho el acierto en el vivir.
Cada frustración,
cada descalabro, cada contrariedad, cada desilusión, lleva consigo el germen de
una infinidad de capacidades humanas desconocidas, sobre las que los espíritus
pacientes y decididos han sabido ir edificando lo mejor de sus vidas.
Las dificultades de la vida juegan, en cierta manera, a nuestro favor. El fracaso
hace lucir ante uno mismo la propia limitación y, al tiempo, nos brinda la oportunidad
de superarnos, de dar lo mejor de nosotros mismos.
Es así, en medio
de un entorno en el que no todo nos viene dado, como se como se va curtiendo el
carácter, como va adquiriendo fuerza y autenticidad.
Sería una completa
ingenuidad dejar que la vida se diluyera en una desesperada búsqueda de algo tan
utópico como es el deseo de permanecer en un estado de euforia permanente, o de
continuos sentimientos agradables. Quien pensara así, estaría casi siempre triste,
se sentiría desgraciado, y los que le rodeen probablemente acabarían estándolo
también.
Como decía G. von Le Fort, "hay una dicha clara y otra oscura,
pero el hombre incapaz de saborear la oscura, tampoco es capaz de saborear la
clara". O como decía Quevedo, "el que quiere de esta vida todas las cosas a su
gusto, tendrá muchos disgustos".
Por eso, en la tarea de educar el propio
carácter, o el de los hijos, es muy importante no caer en ninguna especie de neurosis
perfeccionista.
Porque errores los cometemos todos. La diferencia es
que unos sacan de ellos enseñanza para el futuro y humildad, mientras que otros
sólo obtienen amargura y pesimismo. El éxito, volvemos a repetir, está en la capacidad
de superar los tropiezos con deportividad.
Da pena ver a personas inteligentes
venirse abajo y abandonar una carrera o una oposición al primer suspenso; a chicos
o chicas jóvenes que fracasan en su primer noviazgo y maldicen contra toda la
humanidad; a aquellos otros que no pueden soportar un pequeño batacazo en su brillante
carrera triunfadora en la amistad, o en lo afectivo, o en lo profesional, y se
hunden miserablemente: el mayor de los fracasos suele ser dejar de hacer las cosas
por miedo a fracasar.