


Discusiones
familiares en vacaciones
El
respeto, la paciencia y la asistencia son facetas del amor. Las peleas indican
que falta un amor maduro, y si abundaron en las últimas vacaciones, habrá
que trabajar para quererse más y quererse mejor.
Autor:
P. Octavio Muñoz Castillo
Fuente: Catholic.net
Muchos veraneantes regresaron a descansar de las vacaciones. En éstas salieron a relucir una serie de diferencias y antagonismos que la vida diaria se las había arreglado para ocultar, al menos en parte.
Pero una vez que los miembros de una familia, amén de parientes y amistades se vieron obligados a convivir, empezó a arder Troya.
Y aquellos días que fueron inventados para que las gentes se relajaran, acabaron en una serie de tensiones, malos humores, reproches y resentimientos.
Todo por no haber aprovechado las vacaciones como una ocasión privilegiada para crecer.
Para crecer en respeto a los demás. No es posible ninguna sana convivencia sin el respeto a las otras personas, a sus edades, a sus gustos y sus debilidades.
Ni los años, ni las preferencias, ni mis fallas deben ser convertidas en la norma que los demás deban acatar como ley suprema e inapelable. Yo estoy al servicio de los demás, no los demás a mi servicio.
Si tengo más experiencia, más fuerza, más dinero es para colocar todo ello al servicio del crecimiento de los demás y del mío propio.
No solamente el respeto al derecho ajeno es la paz, sino que es también la condición para ir madurando y disfrutando de la vida como se debe hacer.
Quien de veras ama debe aprender a ser observador.
Intervenir cuando se le solicite y/o se considera prudente hacerlo, manteniendo siempre el respeto al otro, es decir el interés por su desarrollo en autonomía y libertad.
Para crecer en paciencia con los demás. Que no es otra cosa sino tomar en cuenta que los demás están creciendo, y que este proceso habitualmente no podrá ni deberá acelerarse.
Casi siempre nuestras impaciencias son la manifestación del deseo de que crezcan según nuestro propio ritmo. Es un deseo improcedente e injustificado, además de inútil.
La impaciencia se hace a menudo violenta y podrá inspirar miedo y premura, pero no ayudará al verdadero crecimiento.
Mi ritmo de inteligencia, de acción y de carácter no tiene porque ser el de los demás. Debo aprender a coordinarme con los que me rodean.
El ritmo de ellos es distinto del mío, y todos estamos para ayudarnos a vivir, no para forzarnos en un ritmo ajeno al propio.
El nivel de mal humor en una familia viene generalmente de la falta de respeto y de paciencia con la personalidad de los demás.
Para crecer en asistencia hacia los demás
Si vivimos juntos es para aligerarnos la carga de la vida. La carga del trabajo, de la soledad, de las limitaciones de cada uno.
Es lamentable que, en tantas ocasiones, la vida en común sirva precisamente para lo contrario: el trabajo se hace más pesado, la soledad más dolorosa, las limitaciones más patentes.
La inconformidad se generaliza, los reproches se agravan, las heridas se multiplican. Todo por no aceptar que todos nos necesitamos a todos y que lo que no se gana por las buenas, finalmente se pierde.
Mi capacidad para vivir se mide exactamente por mi capacidad para ayudar a vivir. Porque indica que he abandonado el estrecho y egoísta horizonte de mis preferencias y de mis caprichos, para abrirme al esplendor de ver más vida en el otro.
Nuestra asistencia a los demás se mostrará en que vemos más sonrisas a nuestro alrededor, que la alegría surge espontáneamente y se mantiene como el clima habitual, que si hay discrepancias es para que haya aceptación y sensatez, y si aparecen las lágrimas es para tener el privilegio de enjuagarlas y confortar al que llora.
El respeto, la paciencia y la asistencia son facetas del amor.
Las peleas indican que falta un amor maduro, y si abundaron en las últimas vacaciones, habrá que trabajar para quererse más y quererse mejor.
Es la condición para que los próximos paseos resulten no peleas en vacaciones, sino Amor en Vacaciones.