Da gusto estar aquí

En una familia, todos tenemos que aprender a ser nosotros mismos y actuar como tales. Allí hay un refugio donde curarse las heridas que se reciben en la calle, donde se aprende a trabajar, mirando a los demás. Donde los padres educan por contagio, por ósmosis. Donde aprender a reír y a divertirse, más y mejor, que en ningún sitio.

Por: Antonio Vázquez
Fuente: Edufam.

El matrimonio es el "cerebro" y el "corazón" del hogar. De su salud, vibración, fuerza y ritmo depende toda la casa. Si existe un sólo cerebro y un sólo corazón; mejor dicho, si actúan al compás, el éxito está asegurado.

No importa que en un momento determinado se produzca una fractura o sobrevenga una pulmonía. Un diagnóstico certero y una voluntad unánime restañarán pronto las heridas.

Algunos lectores me han preguntado por qué no hago referencia a los hijos en estos comentarios dedicados al matrimonio. Tienen mucha razón. La insistencia en la petición me ha llevado a poner en la mirada “un gran angular”.

Sin entrar en el tratamiento y solución de un sinfín de problemas educativos, ni en el modo de tratarlos, intentaré mirar el matrimonio como esa "central de energía" que genera el vigor y la eficacia necesaria para dar vida a toda la familia.

Clima ideal

Con esta óptica abordaremos cómo ha de ser el protagonismo del matrimonio. De qué modo hemos de enfrentarnos a los múltiples acontecimientos que la vida nos presenta.

Cómo acometer los problemas sin que deterioren o debiliten el amor mutuo. Cómo sacar partido para que se traduzcan en experiencia y en renovada capacidad de respuestas. Todo ello en y desde la pareja.

Podemos comenzar esta conversación por una frase que alguna vez nos ha venido a la cabeza en un momento de especial bonanza y felicidad: ¡qué bien se está aquí!

Pienso que esta es una de las principales aspiraciones que se plantea un matrimonio: lograr que cualquier persona que conviva con nosotros pueda hacer suya esta exclamación.

No es un tema difícil, pero sí costoso. Se trata de configurar un clima ideal. De ninguna manera me refiero a una nube de algodones azules, sino a una tierra firme y compacta.

Estilo familiar

La primera condición que ha de tener ese clima es que ha de ser el nuestro. No el que existía en casa de nuestros padres, ni un estereotipo ideal.

Reflejará la singularidad del temperamento de uno y otro, su modo de ver la vida, los condicionantes de su trabajo, sus gustos y aficiones. Nada de esto se improvisa.

El carácter de una familia se forma, como los buenos vinos, con años de solera y de mucha dedicación y paciencia. No cabe la menor duda que esta tarea es una labor de los dos.

Cronológicamente, porque somos nosotros el origen de la familia y la incorporación de los nuevos miembros va siendo lenta y cadenciosa.

Las bases son las que hayamos edificado. A medida que lleguen los hijos se las encontrarán puestas. Han de ser pocas y sólidas y, de forma casi irremediable, supondrán la reducción a común denominador de las características del marido y de la mujer. Este común denominador es lo que llamo carácter de familia o estilo familiar.

A partir de ahí, cada miembro de la familia tendrá su propio numerador de acuerdo con su temperamento, cualidades, intereses etc. No es una recuperación sobre las fracciones, pero la imagen puede ser expresiva.

Voluntad decidida

¿Cuáles son los componentes de ese clima? Temperatura, calor, humedad, insolación, presión barométrica... Las variables pueden ser muy diferentes. El modo de aparecer y manifestarse será distinto, pero pienso que el núcleo común tiene que estar formado por estos factores en mayor o menor medida:

- Que el matrimonio esté dispuesto a quererse cada día más. Es decir, que tengan la voluntad decidida de preocuparse, con hechos, el uno del otro. No es un problema de sentimientos y mucho menos de preguntarse cada día quién pone más carne en el asador. Es una cuestión de gozosa entrega.

- Que este amor se note. Los grados de plasticidad son muy variados y en algunos casos necesitan diccionario para poderse traducir pero los hechos tienen una contundencia impresionante que irremediablemente se hacen patentes. Todos hemos experimentado mil veces que la mayor alegría que existe para los hijos, desde que son muy pequeños, es darse cuenta de que sus padres se quieren.

- Tener clara la finalidad que nos proponemos. ¿Dónde queremos llevar esa familia? ¿Qué tipo de persona queremos llegar a ser y conseguir? ¿De qué manera nos hemos propuesto hacerlo? Resulta sorprendente encontrar a matrimonios en la tercera edad con el desconsuelo de no saber si han acertado o no porque nunca se habían propuesto nada.

Lógicamente no me estoy refiriendo a que tengamos redactadas unas finalidades con letra redondilla donde se recoja la "constitución" que regula las normas del hogar.

Esto ocurrirá porque la vida no es una balsa, sino un mar picado. Es entonces cuando los dos, a una, tienen que dar un golpe de timón para sortear la tormenta.

- Una comunicación fluida basada en la confianza. Uno de los componentes que hace más grata la convivencia es la sinceridad. Cada uno podrá expresarse con llaneza, por la sencilla razón de que está en su casa y cada palabra suya será tomada en su significado.

Cada miembro de la familia ha de sentirse libre para hacer o decir lo que quiera, pues tendrá la seguridad de que si su actitud se desvía de la recta razón, encontrará la ayuda amable de quien desea para él sólo el bien.

Como la vida misma

Al llegar a este punto puede que el lector esté pensando que nos hemos colocado en el terreno de los principios sin descender a la vida práctica.

Vamos a intentarlo con algunos ejemplos a los que siempre soy reacio porque rompen la rica variedad de situaciones que existen en la vida cotidiana.

Si al principio se nos ha ido todo el dinero en pagar la hipoteca y no es posible tener todas las habitaciones vestidas, siempre es posible marcar un tono supliendo con imaginación y talento la falta de dinero.

Comer en la cocina es una solución cómoda con tal de que se cuide la preparación y se tenga en cuenta que cuando sea posible nos hemos de reunir en el comedor, dedicando al almuerzo o la cena el tiempo que requieren.

Recoger la casa y mantenerla en orden es tarea de todos. Es posible que el niño pequeño rompa un plato cuando lo pone en el fregadero el primer día, pero es preferible eso a convertirle en un señorito.

Si la casa es de todos, todos han de colaborar en lo que corresponda sin sustituirles cuando lo dejen sin hacer. Cuesta más trabajo, pero es preferible corregir.

Ante los hijos hay un principio inviolable: tu padre o tu madre siempre tienen razón. Es posible que cuando los hijos hayan crecido sean tan patentes los defectos de los demás que parezca imposible que queden a cubierto de sus ojos justicieros.

Es un buen momento para enseñarles a comprender, disculpar y descubrir, el cúmulo de cosas buenas que tiene aquella persona en la que hemos encontrado un lunar.

Nuestro hogar

El padre o la madre tienen derecho a tener sus días malos que cuando coinciden cristalizan en una tormenta. Pero no debemos hacerlo nunca delante de los hijos, pues ellos no saben medir, ni nos ven cuando nos queremos. Podemos hacerles un gran daño.

El marido y la mujer han de potenciar su acción desde distintos ángulos y de formas diferentes. Será un modo de hacer variada y elástica la forma de vivir dentro de un concepto elemental de orden.

En una familia, todos tenemos que aprender a ser nosotros mismos y actuar como tales. Allí hay un refugio donde curarse las heridas que se reciben en la calle, donde se aprende a trabajar, mirando a los demás. Donde los padres educan por contagio, por ósmosis. Donde aprender a reír y a divertirse, más y mejor, que en ningún sitio.

Esfuerzo continuado

Podríamos multiplicar los ejemplos que también han de tener un común denominador: la alegría, la flexibilidad, el sentido positivo, el estímulo por encontrar el buen gusto que
deja cada meta conseguida.

Todo esto no surge por azar, requiere un esfuerzo continuado pero tremendamente animoso. Los pilares se empiezan a poner en el noviazgo y, de arriba a abajo, se va construyendo a lo largo de la vida.

Es posible que alguien pueda pensar que estas ideas son muy bonitas pero que pertenecen a un mundo que no existe. No es cierto. Conozco matrimonios así, con ojos y cara, con nombre y carnet de identidad, a los que hay que añadir una cualidad muy ansiada: son muy felices. Es cuestión de proponérselo a cualquier edad.

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