En busca del equilibrio perfecto

Las transformaciones que está sufriendo la sociedad desde que la mujer ha asumido el protagonismo que le corresponde en la vida, obliga a buscar nuevas respuestas sobre los derechos y deberes de cada uno de los cónyuges.

Por Antonio Vázquez
Fuente: Edufam

¡Mira lo que ha hecho tu hijo! .... ¿Cuántas veces hemos oído esta frase, reforzando el "tu", cuando uno de nuestros hijos ha sacado los pies del plato? Por lo general se utiliza como una acusación de complicidad del otro cónyuge en la travesura.

Más de una vez me he encontrado con que una madre indignada, le ha contestado al marido: ¡Dirás, "nuestro hijo", porque yo no lo he traído de soltera!...

Las transformaciones que está sufriendo la sociedad desde que la mujer ha asumido el protagonismo que le corresponde en la vida, obliga a buscar nuevas respuestas sobre los derechos y deberes de cada uno de los cónyuges.

Hoy quisiera detenerme en un aspecto que merece mucha atención. El reparto de los roles en la familia lo estamos situando con demasiada frecuencia en registros puramente manuales y utilitarios.

El hombre da el biberón, pone la mesa, recoge el lavaplatos, hace alguna comida, lleva los hijos al colegio y... si pasa la aspiradora, pone cara de víctima y espera que, de un momento a otro, la mujer y los hijos le levanten un monumento en el cuarto de estar para perpetuar su memoria. ¡Satisfecho, puede descansar en el sillón porque ya ha ayudado y aportado su trabajo en el hogar!

Perdón por la caricatura, pero era necesaria para describir las situaciones más comunes.

Marido y mujer han de establecer el reparto de sus papeles en temas tan esenciales como la educación de los hijos. Esto requiere un acuerdo, una "puesta en común", que diría quien maneja la dinámica de grupo. Uno y otro han de plantearse con frecuencia cómo van lograr aquello que se han propuesto.

El matrimonio ha de ponerse de acuerdo para concretar cuáles son los aspectos en los que van a concentrar su esfuerzo. El niño no tiene que estar sometido a un bombardeo constante de prohibiciones, según el mejor o peor humor de los padres: los hijos han de tener sus espacios y circunstancias en las que puedan hacer lo que quieran.

Consentir la transgresión

Consentir constantemente la transgresión de un deber sin corregirlo, puede traer funestas consecuencias, tan prácticas y elementales como no respetar un semáforo en rojo.

Han de saber muy bien lo que se les pide. Gritar por cualquier cosa, decirles que son malos y ya no se les quiere, amenazar con castigos que nunca se producen, es la mejor manera de desorientarles.

Todo lo anterior, pide de los padres serenidad, equilibrio, además de un entendimiento mutuo no pequeño. Parece elemental que ambos determinen lo más exactamente posible, cuáles son los terrenos en los que van a exigir obediencia y quién de los dos va a plantearlos con buen ánimo, de forma que se repartan la tarea.

Una fórmula, muy utilizada, es que uno de los cónyuges se erija en el escudo o la "tapadera" de todas las fechorías, para que el otro no se entere. Mala estrategia, pues el engaño o la ocultación es mal ingrediente del clima de confianza que debe existir en la familia.

Ya se entiende, que en todo lo anterior, se da por descontado que existe la suficiente dosis de prudencia para saber actuar en cada momento.

Cuando el marido o la mujer, que conoce muy bien al otro, sabe su hipersensibilidad ante determinadas cosas y su respuesta instantánea y desproporcionada, puede y debe, con tacto, esperar el momento más oportuno para comunicar al otro lo ocurrido. Pero llegada la ocasión lo hará. Si se le tiene a oscuras, se le margina; y hemos visto la necesidad de que uno y otro participen en la educación.

Cuestión de temperamento

Cabe la objeción: es que delega en mí, porque la otra parte es un desastre...

Se pueden delegar funciones, pero no responsabilidades. Es cómodo recluirse a ver espectáculo.

Se aprende a educar educando y ese esfuerzo por hacerlo supone ya una evidente mejora.

Todo lo anterior no está en contra de que la estrategia para la educación de los hijos, se diseñe del modo más adecuado al temperamento de cada uno de los cónyuges, las distintas edades o los niveles de afinidad.

También es necesario que de vez en cuando hablen entre ellos y analicen si está dando buen resultado ese modo de actuar o debían rectificar en algo.

Lo que siempre ha de quedar a salvo es la unidad de intenciones entre ellos.

Cuando los hijos detectan la menor grieta entre el matrimonio, la convierten en desfiladero, a través del cual entran y salen a su antojo, riéndose de la impunidad que han logrado.

Como dice un amigo mío, si hay que equivocarse, equivoquémonos juntos.