Desvelando incoherencias

“Si nace un cerdo, trae riqueza; si nace una niña, pobreza” es un dicho tradicional en estos países. Cincuenta millones de niñas dejan de nacer en el mundo como consecuencia de estas terribles prácticas. Y a ello se añaden los problemas que ocasionará la soledad de millones de hombres en tan solo unos años: criminalidad, redes de tráfico de mujeres, prostitución, violaciones, etc.


Por: Carlota de Barcino
Fuente: Mujer Nueva


Hace una semana, el suplemento de un popular periódico español contenía un reportaje sobre la desproporción numérica existente entre los sexos en países como China, Corea e India, a causa de las terribles prácticas del aborto selectivo de fetos femeninos, el infanticidio y el abandono de niñas recién nacidas.

Las cifras (117 niños por cada 100 niñas en China, 113 en Corea del Sur, 111 en India y 109 en Taiwán) apuntan a que para el año 2020, 40 millones de chinos están condenados a no encontrar pareja, ni siquiera comprándola.

La llamada “política del hijo único” implantada por el régimen comunista en los años 70 ha contribuido a que las parejas busquen, a cualquier precio, asegurar la descendencia a través de un varón que mantenga el patrimonio familiar, continúe la saga y sostenga a sus ancianos:

“Comprar una novia sana cuesta 1.000 euros, pero criar una hija, darle una dote y pagar el convite de bodas y los regalos a la familia del novio, cuesta de tres a cinco veces más” –comenta un campesino de la región china de Shanxi.

Si la familia ha superado la cuota (un vástago para zonas urbanas y hasta dos en zonas rurales, si el primero es deficiente o niña, “incapaz” de dar continuidad al cultivo de las tierras), son las mismas autoridades chinas las que fuerzan el aborto.

Si el primero es hija, muchas parejas optan por no registrar su nacimiento, para conservar otra oportunidad.

Pero la mayoría, aprovechando los avances tecnológicos del diagnóstico prenatal (amniocentesis y ecografía), no dudan en abortar cuantas veces sea necesario hasta concebir un varón sano.

A pesar de que oficialmente se haya prohibido revelar el sexo del bebé, la codicia de los médicos y técnicos que recorren todo el país haciendo pruebas, ha ideado todo tipo de artimañas para comunicar esta información a las madres.

En India, la ecografía está menos extendida, y los infanticidios y abandonos de niñas recién nacidas están a la orden del día. Venenos, pesticidas, somníferos o un largo baño de agua fría que permita un diagnóstico de neumonía previo al certificado de defunción, son las macabras formas de asegurar el nacimiento de un hijo y deshacerse de los gastos que implica la crianza y emancipación de una mujer.

“Si nace un cerdo, trae riqueza; si nace una niña, pobreza” es un dicho tradicional en estos países.

Cincuenta millones de niñas dejan de nacer en el mundo como consecuencia de estas terribles prácticas. Y a ello se añaden los problemas que ocasionará la soledad de millones de hombres en tan solo unos años: criminalidad, redes de tráfico de mujeres, prostitución, violaciones, etc.

Ante esta terrible situación, la autora del artículo, haciéndose eco de muchas otras voces que gritan contra estas flagrantes injusticias, lanza su juicio: “Esta utilización errónea de la ciencia supone una seria amenaza para la mujer, que ve nuevamente vulnerado su derecho a la vida y a la igualdad frente al hombre”.

Y es esta frase la que me ha hecho reflexionar. Nunca, no sólo en este periódico, sino en cualquier otro foro que defienda apasionadamente los derechos de la mujer y, entre ellos, el “derecho al aborto”, ha esgrimido este mismo argumento ante cualquier aborto.

Y cuando hablo de cualquier aborto, me refiero a aquellos en los que el sexo del bebé no se toma en consideración, pero sí su posible minusvalía (aborto eugenésico), su nacimiento por una circunstancia violenta (aborto por violación) o en un momento inoportuno que crea inseguridad y dificultades a su madre (aborto por riesgo para la salud psíquica de la madre o por razones socioeconómicas).

Estoy totalmente de acuerdo en que las niñas que están en el vientre de su madre, sea cual sea la etapa de su desarrollo, tienen el derecho a la vida. Pero me pregunto, ¿sólo las niñas gozan de este derecho? ¿es uno de esos derechos de nueva generación calificados como “derechos humanos de la mujer”?

Por otra parte, me pregunto a qué responde atribuir al aborto selectivo una vulneración del derecho a la igualdad entre el hombre y la mujer. ¿Derecho a la igualdad en ser abortados? ¿Pedimos entonces una cuota paritaria entre los niños y las niñas que van a ser abortados? Porque entonces, si hay igualdad, que sea para todos, y entonces demos a los niños el mismo derecho a nacer que atribuimos a las niñas.

Pero ahí no queda todo. La autora continúa: “Bocas que alimentar, y no mentes humanas, es la percepción que se sigue teniendo en esos países de las mujeres” . Y mi razón continúa revolviéndose contra estas sentencias. Eso mismo es lo que yo alegaría a todos los que defienden, no sólo el aborto, sino también las políticas de control de natalidad que orientan cualquier política de ayuda al desarrollo destinada a los países más pobres.

La persona humana no es una simple boca que alimentar: es el recurso más valioso que tienen todas las familias y todos los países, incluidos los más pobres y menos desarrollados.

Son mentes que crean el progreso, que dominan las fuerzas de la naturaleza produciendo recursos, que humanizan la sociedad. Es por eso que ningún desajuste económico de la familia puede justificar la eliminación de una persona, sea hombre o mujer, del mismo modo que el subdesarrollo de un país nunca justificará el control de la natalidad.

Y mientras las personas que toman decisiones en la política no entiendan esta realidad, apoyando a las madres en dificultad y dando esperanza de un futuro mejor, y los defensores del aborto no abandonen el simplismo de una “perspectiva de género”, estos argumentos no resultarán creíbles.