niños con pesadillas

Pesadillas y terrores nocturnos: ¿Cómo ayudarles?

Las primeras pesadillas comienzan a aparecer a partir de los dos años y suelen coincidir con la llegada de estímulos nuevos. Por lo general, entre el año y medio y los dos años comienza a enfrentar cosas que nunca antes le habían pasado y que son de mucho stress y tensión. Por ejemplo, que otro niño le pegue en la escuela, que alguien distinto a sus padres le obligue a sentarse cuando quiere estar de pie, que no lo escuchen o hagan caso cuando pide algo, que le quiten un juguete, etc.

La inteligencia de los niños de 2 años es mucho más práctica que la de los adultos y sus sueños son también más claros, con mucho menos simbolismo. Por esto, podemos decir que básicamente reviven lo que les sucedió durante el día. Y si esas vivencias son situaciones que les han molestado, podrán volver en sus sueños en forma de pesadilla.

Un ejemplo claro es cuando los padres intentan enseñar a su hijo a dejar el pañal antes de tiempo y eso causa un conflicto. Lo mismo sucede si durante el día han visto imágenes que les han asustado, como videos poco apropiados a su edad o algo en televisión.

Diferencia entre pesadillas y terror nocturno

La pesadillas coinciden con la fase REM del sueño. Aquella de los movimientos oculares rápidos y que se suele dar en las últimas horas del descanso. Cuando despertamos en ese momento, solemos recordar lo que estábamos soñando.

Los psicólogos subrayan la importancia de escuchar el relato del niño para poder entenderlo. Y esto es porque, aunque los monstruos no sean reales, las sensaciones de tu hijo si lo son. A esta edad, su comprensión de lo que existe y lo que no, es bastante limitada.

Bajo ningún caso debemos quitarle la importancia a sus miedos como si fuesen una exageración infantil. Menos aún regañarlos porque nos despertó en medio de la noche. Lo que tu hijo necesita en ese momento es tener la seguridad de que nada malo va a ocurrirle. Por eso, hay que ir inmediatamente a su cama para consolarle con caricias que lo tranquilicen. A veces, el simple contacto con nuestro cuerpo bastará para darle calma.

Hablar sobre lo que acaba de vivir en su sueño también le ayuda a darse cuenta de que no existe un peligro real. Lo que si es recomendable, es no insistir para que los pequeños nos detallen las partes más horribles del sueño, sino sólo escuchar lo que quieren transmitir.

El terror nocturno es algo distinto. No tienen relación con el contenido del sueño. A diferencia de las pesadillas, suelen aparecer en mitad de la noche cuando el niño está profundamente dormido. Son episodios parecidos al sonambulismo, con un componente hereditario y se presentan en el período más lento del sueño.

El niño que los sufre, a pesar de las muestras de sobresalgo y angustia, no está despierto (ni siquiera si tiene los ojos abiertos) y seguramente al día siguiente no recordará nada.

A esta edad son más frecuentes de lo que uno cree y acaban pasando con el tiempo. Se aconseja a los padres no intervenir ni tratar de despertar a su hijo, ya que sólo conseguirán ponerle nervioso y alterar su sueño. Lo único que se debe hacer es cuidar que no se lastime, ya que aún continúa dormido y no controlará sus movimientos. También apaciguarlo y, en caso que se haya levantado, ayudarle a volver a la cama y esperar. Normalmente no tomará más de 15 minutos en calmarse.

Disminuyen con el tiempo

Las pesadillas son algo absolutamente normal y casi todos los niños las sufren en algún momento. Sin embargo, si creemos que la angustia nocturna del niño es demasiada, conviene investigar si no hay alguna otra causa escondida que la esté provocando. Para ello, es bueno prestar mucha atención a lo que le sucede durante el día y a sus reacciones cuando está despierto. Si ya está en el colegio, es bueno hablar con sus profesores o su cuidadora.

Sin embargo, antes de preocuparnos, también debemos tener en cuenta que los niños más curiosos y activos son también los que más se llenan de vivencias y que estas, en ocasiones, se materializan en pesadillas.

A medida que pase el tiempo, los malos sueños irán desapareciendo. Según algunos estudios, los niños ya casi no los sufrirán una vez que cumplan los 8 años. Tal vez porque sus ciclos REM de sueño se acortan (esto va sucediendo poco a poco a lo largo del crecimiento), o quizá porque están demasiado concentrados en las exigencias de su nueva vida escolar y social.

Aún así, ¿Cómo ayudarle?

Deja que describa lo que ha soñado y no le digas automáticamente: “No es nada”

Para tu hijo si lo es y mucho! Sus emociones hacen acto de presencia en el mal sueño, por lo que conviene escucharle para saber qué ha soñado y para que pueda desahogarse.

Usa sentido del humor

No se trata de burlarte de sus sentimientos, sino de convertir al monstruo en alguien menos terrorífico. Seguro que tiene una narizota con la que se tropieza o que cuando se entere su mamá monstrua, lo va a dejar sin postre por estar asustando a otros niños.

No comer justo antes de irse a la cama

La digestión puede acelerar el metabolismo, causando interferencias en el sueño.

Poner una luz nocturna en su habitación o tomarle de la mano

Aunque a esta edad puede ser difícil explicarle qué existe y qué no, de este modo se sentirá seguro y podremos demostrarle que no toda la habitación está a oscuras, así como que no se esconde ningún monstruo en ella.

Después de la pesadilla (o antes si tiene miedo de irse a la cama), quedarnos junto a él cantándole o haciéndole compañía un rato.

Así desdramatizará la situación: si tanto mamá como papá están tranquilos, es por algo.

Asegurarnos de que duerme lo suficiente: de 11 a 14 horas diarias, incluyendo la siesta.

Se cree que los niños que duermen poco tienen fases REM más prolongadas. Por lo tanto, son más proclives a experimentar sueños tormentosos.

Limitar la exposición a las pantallas

Los niños que utilizan a diario dispositivos con pantallas táctiles (celular, tablet, etc), duermen menos horas y les cuesta más conciliar el sueño.

Regalarle algún objeto “mágico”: un peluce, una mantita o una almohada

Si se va a dormir abrazado al osito Juancho, se adormecerá tranquilo y seguro.

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