








El Árbol
de Navidad: una
tradición
con profundas
raíces
La costumbre de adornar las casas durante Navidad con un árbol comenzó en el hemisferio norte.
El árbol representa la vida, la misma que vino a traer Jesús a
la humanidad.
La tradición cuenta que en la Edad Media, en lo que hoy es Alemania, cada vez que finalizaba el año, se presentaba una obra de teatro sobre la historia de Adán y Eva.
Elemento central de este montaje era un árbol cubierto con manzanas - el árbol del Paraíso -, que con el tiempo comenzó a lucirse en las casas de los aldeanos cada vez que se acercaba Navidad.
Sin
embargo, el 24 de diciembre corresponde en esa región a pleno invierno,
por lo que no había frutas que lucir en los árboles y menos manzanas
para colgar.
De ahí que el manzano del
Edén fuera reemplazado en la representación por un pino siempre
verde y vigoroso, de cuyas ramas se colgaron galletas blancas para representar
las frutas.
Con el correr de los años, estas galletas tomaron diferentes formas y colores, y también se agregaron velas como signo de la presencia de Jesús.
La costumbre comenzó a repetirse en otras partes, hasta llegar a hacerse universal y prolongarse hasta el día de hoy.
Cuentan, por ejemplo, que en algunos territorios de lo que hoy es Francia y los Países Bajos acostumbraban a encender hogueras alrededor de árboles verdes - como pinos o abetos - para celebrar Navidad.
Actualmente, el pino
navideño está presente en casi todas las casas del mundo al conmemorar
el nacimiento de Cristo, y es un símbolo de la vida que trae el Niño
de Belén.
Leyendas "al por mayor"
Entre los pueblos germanos (posteriormente cristianizados), el árbol, un abeto frondoso y con muchos adornos, tendría su origen en el paganismo centroeuropeo, ya que en esas tierras rendían culto a sus dioses en los bosques o en sitios donde se alzaba algún árbol significativo.
Pero
luego la historia cambió. Se cuenta que San Bonifacio, uno de los grandes
misioneros de la evangelización de Europa, se dedicó a destruir
los mitos paganos.
El día de Navidad predicaba un sermón a unos druidas alemanes en el momento justo en que ellos realizaban ritos contrarios a la fe cristiana, para convencerlos de que el roble no era ni sagrado ni inviolable.
Para probarlo, San Bonifacio, el "Apóstol de los alemanes", derribó uno con un poderoso golpe de su puño. El árbol al caer fue destrozando todos los arbustos, excepto un pequeño abeto.
San Bonifacio interpretó la supervivencia del arbolito como un milagro, ya que no consentía en ser parte de ritos paganos, concluyendo su sermón así: "Llamémosle el árbol del Niño Dios". Los años siguientes los cristianos celebraron las Navidades plantando abetos.
Su forma triangular se explicó como representativa de la Santísima Trinidad, con el Dios Padre en la cúspide.