palabrotas

Mi hijo dice garabatos. ¿Tiene solución? ¡Claro que sí!

Cuando un niño de 3 o 4 años dice garabatos, normalmente es nuestra culpa.

Puede parecer que están absortos en lo suyo, entretenidos dibujando, dando instrucciones a sus juguetes o mascotas, conversando con el amigo invisible. Incluso les podemos llamar y no contestan, pero no te engañes. Está mucho más atento de lo que piensas y no te darás cuenta cuando te encuentres con que tu hijo dice palabrotas.

Aunque no lo parezca, tu hijo es un verdadero radar con conexión permanente a detectar el más mínimo tono enfático de una palabra, especialmente las palabrotas. No se le escapará ninguna. Lo que les llamará poderosamente la atención son las entonaciones de enfado o las de énfasis.

La casa es donde comienzan a conocer el interesante mundo de las palabrotas y de otros términos que, fuera de contexto, también causan efectos demoledores (caca, poto, pedo, etc).

Captarán expresiones con doble sentido

¿Cómo es que aprenden lo que significan y el poder que tienen? El proceso parte en la edad clave de los 3 años, aproximadamente. Es en ese momento en que, por lo general, tiene lugar el gran despegue del lenguaje y el vocabulario se multiplica considerablemente. En definitiva, el lenguaje ya está prácticamente adecuado al modelo adulto, a pesar que vivir al lado de estas personitas no deja de ser una sucesión de sorpresas.

Pero atención: No sólo han aprendido a manejarse lingüísticamente con la habilidad de los adultos, sino que también tienen capacidad mental para ir más allá del significado de las palabras. Es decir, se dan cuenta de que además del significado concreto de un término, existe un doble sentido. ¿Cómo? La forma es más fácil de lo que imaginamos.

Un ejemplo concreto y representativo: desde los primeros meses del bebé, los padres suelen acompañar la pronunciación de caca con fruncimiento de nariz y gesto de asco. Ahora tu bebé comprende que, además de referirse a algo material, puede decirse para desagradar. Los matices verbales y no verbales con que cargamos (a veces de forma inconsciente) todas las palabras con un sentido malsonante o irónico son recogidos por sus detectores extremadamente sensibles e intuitivos. Aunque parezca increíble, usan las palabras tanto para conseguir algo práctico como un sentido intelectualizado.

A tu bebé le encanta aprender nuevos términos y, si descubren las dobles posibilidades, la atracción será aún mayor. En muchas ocasiones no conocen ni entienden el verdadero significado de la palabrota, sólo su eficacia o utilidad. Seguir este proceso de desarrollo nos lleva a la conclusión de que se trata de una edad muy propicia para las palabrotas o expresiones hirientes. Las primeras que comienzan a usar suelen ser las relacionadas con funciones físicas (caca, poto, culo, etc).

Las utilizan para un montón de cosas

Generalmente, eligen las que más llamen la atención y las que forman parte de su vida cotidiana. El niño siempre va a repetir lo que oye frecuentemente o con gran énfasis en su entorno, sobre todo en la familia o colegio.

Cuando las dice, hay que pensar que estas palabras tienen una finalidad. Después de analizar el contexto en el que surgen, debemos deducir si se usan para:

  1. Demostrar su independencia y probar su posición de poder frente a los padres.
  2. Debido a que le sirven para manifestar su enfado.
  3. Simplemente porque es divertido; despiertan su curiosidad, ya que provocan reacciones en los demás.
  4. Por imitación a sus padres o para llamar la atención (el niño siente mucho placer cuando es el punto de mira).

¿Y si las repite en cada momento?

En caso que la conducta se repita, los psicólogos aconsejan tomar varias medidas para que la situación no se nos escape de las manos.

  1. Practicar con juegos de rol te ayudará. Consiste en montar una especie de teatro. Después debes explicarle lo que está bien y lo que está mal. Tú debes hacer el personaje que dices cosas feas y tu hijo debe sustituirlas por palabras bonitas o explicaciones que no molesten. Es muy importante animarle a que exprese los sentimientos.
  2. Es primordial felicitarle cuando se porte bien. Muchas veces sólo regañamos a los pequeños ante las conductas que desaprobamos y no les felicitamos cuando su comportamiento ha sido bueno, porque pensamos que es su obligación. No debemos olvidar que ellos necesitan estímulos que les animen.
  3. Es posible que el niño aprenda de las consecuencias de lo que hace. Por ejemplo, está jugando con sus amigos y dice un garabato para insultar a otro niño. Entonces, le sacamos del entorno unos minutos o el tiempo oportuno hasta que pueda volver sabiéndose controlar, sin decir ningún garabato. Esta es una gran ayuda para el niño, que piensa “si no me controlo, me voy a perder el juego”.
  4. Estos pequeños castigos deben ser proporcionales a las infracciones y siempre hay que combinarlos con compensaciones cuando el comportamiento es bueno. Una buena idea es establecer tablas de puntos (aunque algunos psicólogos no aprueban este método): cuando el niño consiga llenar una línea (toda la semana sin haber insultado a nadie con ninguna palabrota) obtiene un premio. No tiene que ser algo material, puede ser el privilegio de decidir dónde salir el sábado, por ejemplo. También puede pagar una penitencia si no cumple o pagar con un juguete de su colección.

Una reacción adecuada

Como siempre, cuando se habla de las conductas en la infancia, la reacción de los padres es fundamental para que se afiance un comportamiento positivo. Aunque se considera normal la actitud de decir palabrotas en este período de su evolución, la respuesta del adulto siempre debe vigilarse. La reacción correcta de los padres debe adecuarse al tipo de palabra que diga su hijo y el grado de repetición con que se usen. En el caso que sean leves (que es lo habitual):

  1. No debemos reírnos; así le estamos diciendo que nos hace gracia y las repetirá para llamar la atención.
  2. Lo adecuado es ignorarlas, con el fin de que, poco a poco, queden fuera de su vocabulario, el cual se irá enriqueciendo.
  3. Demostrar que nos escandalizamos puede ser contraproducente, porque le reafirmamos el efecto que busca: destacar. De esta manera, provocamos que haya más posibilidades de que se repitan más adelante.
  4. En el caso que sean ofensivas, le pueden causar problemas fuera del entorno familiar. La permisividad aquí sería dañina, por lo tanto no deben ignorarse bajo ningún concepto:
    1. No es para nada recomendable comentar con otras personas delante de él lo que ha dicho. Al pequeño no le beneficia en nada.
    2. Debemos decirle sin rodeos que esas palabras molestan a los demás, que no les gusta oírlas y mostrarle claramente nuestro desagrado.
    3. Tenemos la obligación de ofrecerle alternativas, por muy pequeño que sea. podemos comentarle que esas palabras no se usan (es importantísimo que no nos oiga decirlas a nosotros) y enseñarle a expresarse sin insultar: “En lugar de decirle… (lo que sea) a tu amiguito, deberías decirle que estás enfadado con él porque no te deja usar la pelota”. Muchas veces pensamos que estas cosas son tan básicas que no hace falta decirlas, pero no se aprenden solas y nuestros hijos necesitan que se las enseñemos.

Si no predicamos con el ejemplo…

El niño repite todo lo que oye; es una de las aficiones que más le divierten y constituye un enriquecedor método de aprendizaje. Por lo mismo, debemos darle un buen ejemplo con el lenguaje y no decir palabrotas delante de él, porque las aprenderá con una intuición asombrosa.

Además, no va a entender nunca por qué sus padres pueden utilizar esas palabras cuando se enfadan y él no. ¿Por qué no se le permite desahogarse en una explosión de cólera igual que hacen sus padres? Un aspecto que debemos considerar es que con las palabras también se agrede. Aprender a controlarse es un sano ejercicio que debe iniciarse en la infancia. Si después de tomar las medidas correctas para corregir a un niño, no se controla, puede que exista un problema de agresividad. Una buena idea es consultar un psicólogo para que busque la causa y el remedio.

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