





¿Hasta cuando se es abuelo joven?
Se es abuelo joven mientras se sigue siendo joven. Es decir, mientras se es capaz de aprender de toda relación humana, de toda situación, y se es capaz de dar más de sí. Y mientras queda un mínimo de energía física para prestar ayuda a los demás miembros de la familia extensa.
Por: Oliveros F. Otero y José Altarejos, "Los abuelos jóvenes".
Fuente: Edufam.
Todos los días, hacia las siete de la tarde, Juan y Josefina
salen a pasear. Ella acaba de cumplir los sesenta años; él, dos más.
Son,
pues, dos abuelos jóvenes, cuyos hijos tienen, respectivamente, treinta y dos,
veintiocho y veintitrés años.
Con
tres hijos mayores de edad –hijos los dos mayores; hija, la pequeña, la única
todavía estudiante- casi pueden decirse todas las tardes: «¡Al fin, solos!» Y,
sin embargo, están muy bien acompañados.
Juan Casadevall, en la
cumbre de su profesión, en la que ha ido ascendiendo a lo largo de casi cuarenta
años, sabe armonizar sus horas de actividad profesional, su tiempo para la familia
y sus hobbies.
Y, actualmente, considera prioritarios los paseos con
su mujer, en las últimas horas del día, casi todos los días.
Casi como
en su tiempo de novios, treinta y tres años antes. Han vivido con cierta sobriedad
siempre, pero les gusta la amplitud en la casa y en la mesa familiar.
Josefina Malumbres se considera una buena suegra. Y está dispuesta a ayudar, pero
siempre en función del tiempo disponible de su marido.
Las nueras -las
mujeres de los dos hijos mayores- llaman por teléfono a Josefina, y con fino humor
le preguntan:
-¿Tienes algo hoy con el «novio»? Y si no tiene nada...
- Que traigan a casa la cuna... -dice Josefina-. Que vengan todos a mi casa...
y a la noche, ¡cada pájaro a su nido!
Ella puede hacer de su casa un
restaurante, pero no un hotel.
Desde el principio, las costumbres quedaron
claramente delimitadas, porque Fina es extrovertida, alegre, sencilla y... sabe
mandar.
Tenemos una
mesa alargable -dice-, en la que caben hasta catorce personas. Pero no quiere
que le dejen a sus nietos por la noche.
Antes tenía un piso pequeño.
Desde hace ya algunos años han conseguido lo que deseaban: dos pisos pequeños
unidos. Los han distribuido en dos alas.
En el ala este, el comedor, la cocina, el salón grande, la biblioteca (libros, discos) y la habitación de la bisabuela. (La bisabuela, la madre de Josefina, tiene ochenta y seis años y
goza de
una excelente salud. Lee mucho, y recorta para cada uno aquello que sabe que le
ha de interesar.)
En el ala norte están los dormitorios: cuarto de los
muchachos, cuarto de la chica, y la mejor habitación, la del matrimonio, con recuerdos
de otros tiempos en una pequeña pieza
adyacente
(el cuarto de los recuerdos).
Para esta abuela joven la distribución
de los dos pisos de 100 m2, unidos, tiene mucha importancia. Por la distribución,
por la amplitud de la cocina, puede hacer de su hogar una
casa
abierta. Casi sin puertas...
En los fines de semana la gente se invita
a comer o a cenar: los amigos de los padres y los amigos de los hijos. Ocho o
diez personas a comer o a cenar son seguras. Josefina
dice
que eso en ella no tiene ningún mérito, porque le gusta guisar, y es muy activa.
Y su marido es muy sociable...
Los dos hijos mayores, las dos nueras
correspondientes, los tres nietos (de 5 a 1 año), van a comer todos los sábados.
Pero consultan siempre. Y tienen animadas tertulias de
sobremesa.
Y luego se van, con los nietos, claro está.
En esta primera parte del
caso, se puede advertir cómo un abuelo joven, de sesenta y dos años, en la cumbre
de su profesión, sabe armonizar profesión, familia y hobbies, dando
prioridad
a la comunicación conyugal, después de treinta y tres años de matrimonio.
La última hija todavía no se ha independizado. Pero ellos dos tratan de tener
tiempo para ella, con el fin de que la comunicación no se empobrezca. Les gusta
la amplitud en la
casa
y en la mesa familiar.
Son instrumentos muy valiosos -casa y mesa- para
convivir con hijos, nueras, yernos y nietos, con libertad y en campo propio.
Los abuelos son jefes
de la familia extensa, pero necesitan ese campo propio para ejercer su jefatura
en y desde casa.
Son dos caracteres bien distintos y complementados.
Ella, muy activa; él, muy sociable. La abuela sabe mandar. Y para ello se apoya
en unas costumbres, claramente definidas.
Y sabe que es un instrumento
muy útil la casa-restaurante. En cambio, la casa-hotel les haría prisioneros de
sus nietos, probablemente.
La juventud no cronológica
Otros abuelos, con estas mismas edades (sesenta y dos y sesenta años), son menos
activos. La edad es sólo un dato, a la hora de considerar la juventud de los abuelos.
La
juventud no cronológica
es como una virtud sin edad.
De igual modo que hay muchas personas con
más de sesenta y cinco años que constituyen ejemplos patentes de vitalidad, de
alegría en el hacer y en el pensar -considerados
atributos de juventud-, también hay quienes a sus cincuenta y tantos años merecerían el apelativo de abuelos jóvenes por su edad y, sin embargo, se han instalado
lamentablemente
en el estadio de lo caduco, de una vejez prematura, en la que ya no puede hablarse
de ningún sentimiento ni dinamismo de juventud.
¿Qué razones pueden
existir para que tantos abuelos y abuelas jóvenes, cuando empiezan a avanzar por
las serenas aguas de la cincuentena, comienzan a recortar sus ilusiones,
sus
proyectos de vida y, prefiriendo refugiarse en los recuerdos -en la consabida
nostalgia del "en mis tiempos"-, empiezan a sentirse otros, a sentirse viejos?
¿Sabemos, acaso, lo que todavía la vida nos tiene reservado, tanto en
cantidad de años como en acontecimientos? ¿Por qué cambiar, pues, y cambiar a
peor?
Dice un famoso gerontólogo (Hugues Destrem), hablando de la cincuentena:
«Es a este momento de la vida al que se le atribuye 'la fuerza de la edad', porque,
en condiciones
normales
de salud, es el de la plenitud de medios mentales, el de la eficiencia».
Y concluye refiriéndose a la etapa de los cincuenta a los sesenta y cinco años,
que «la sensación de envejecer es generalmente engañosa para los dos sexos».
Esta sensación indebida del "empiezo a ser viejo", con el consiguiente decaimiento
vital; este irse colocando poco a poco en situación de retiro -postura que culminará,
tristemente, cuando llegue la jubilación-, ¿no tendrá su raíz fuera del propio abuelo joven?, ¿no provendrá, en buena parte, de unas reglas de juego -no declaradas, pero sí reales-
que
viene manteniendo la sociedad y que el abuelo acepta, por virtud de las cuales
éste ha de quedarse a un lado, fuera del camino?
No nos referimos
a los abuelos mayores, sino a los abuelos jóvenes que, de algún modo, están renunciando
a serlo.