¿Para qué sirven los ancianos?

Viene despuntando con fuerza en los países más desarrollados la llamada "industria plateada", eufemismo en boga para intentar ocultar una triste realidad en la que se sustituye el afecto natural por sucedáneos artificiales.


Por: Joaquín Soto Medina
Fuente:Edufam


Estamos en una época muy fuertemente marcada por el sentido utilitario.

Desde pequeños aprendemos a preguntar para qué sirven las cosas, y tendemos a dejar de lado aquellas a las que no le vemos una aplicación rápida y clara.

No digo que este rasgo sea malo, pero contribuye a que se dejen en la cuneta muchas cosas, y en bastantes ocasiones las más valiosas, porque no tienen una utilidad inmediata.

Puede que algo de esto tenga que ver con la inquietante baja natalidad de los países occidentales.

Las consecuencias las tenemos ya a la vuelta de la esquina: el siglo XXI se anuncia como la era de las "sienes de plata".

Echemos un vistazo a los países más avanzados. Uno de cada diez estadounidenses con trabajo tiene a su cargo a un familiar anciano.

Algo parecido ocurre en Japón, donde a partir del 2020, cada dos trabajadores tendrán que sostener a un jubilado, la proporción actual es de cinco a uno.

Dice el Mitsubishi Research Institute –suena bien ¿verdad?-, que la industria de las dentaduras postizas sobrepasará pronto a la del automóvil.

El progresivo envejecimiento de la sociedad hará que los sistemas de Seguridad Social occidentales -últimamente, el gobierno español está lanzando algunas "señales" de aviso-, con su nivel actual de cotizaciones, no puedan cubrir las necesidades crecientes de los ancianos en un futuro próximo.

Por otro lado, el limitado espacio de las viviendas, las salidas de fines de semanas y vacaciones y, en muchos casos, una azarosa y ajetreada vida social que nos roba su tiempo –el de ellos-, hace que los padres ancianos sean relegados a asilos e instituciones para la tercera edad. Pero el ser humano es terco y además necesita cariño.

Por eso viene despuntando con fuerza en los países más desarrollados la llamada "industria plateada" -eufemismo en boga para intentar ocultar una triste realidad en la que se sustituye el afecto natural por sucedáneos artificiales-.

Para atender a este colosal mercado plateado existen ya empresas que ofrecen viviendas especiales con asistencia cotidiana de servicios varios, reparto a domicilio de alimentos con bajo contenido de sal y calorías, limpieza de casa y de ropa; y -lo que es más significativo- familias de alquiler. Tal como suena.

Lo que no se tiene en propiedad hay que alquilarlo. Imaginemos la escena. Una niña de pocos años enseña a su abuela su nuevo libro de dibujos a color, mientras la nuera le hace masajes en los hombros y habla animadamente con su marido.

Los cuatro están sentados en la sala de estar con suelo de paja al estilo japonés.

Nada más normal y ordinario. Lo que no es normal es que estas personas acaban de conocerse y cuando termine la sesión probablemente no volverán a verse más. ¿Una obra de teatro? No. ¿Un drama televisivo? Tampoco. Se trata de una familia de alquiler de las que oferta la agencia Nihon Kokasei Honbu de Japón –una entre tantas-. La abuela tiene 72 años, vive sola en Tokio y ha pagado para disfrutar durante tres horas de una atmósfera familiar con unos actores, que seguramente lleven varios meses sin visitar a sus propios padres.

El creciente envejecimiento de la sociedad y una mentalidad un tanto utilitarista ha facilitado el surgimiento de este tipo de negocio absolutamente único en su género.

La mayoría de los clientes son personas de más de 60 años cuyos "hijos de verdad" están demasiado ocupados -o viven lejos- para poder visitar a sus padres. Cerca del cuarenta por ciento de los que solicitan este servicio viven solos.

El resto son matrimonios ancianos que simplemente añoran ser llamados "abuelo" o "abuela".

La generación nacida entre 1946 y 1965 –la del baby boom- en EE.UU. y Japón vive ya esta situación.

En España ya empiezan a verse los primeros síntomas, un plan organizado por el Ayuntamiento de Barcelona y tres universidades facilitará a los estudiantes residencia gratuita en domicilios de personas mayores a cambio de prestarles servicios como hacer la compra o acompañarles al médico.

Hace tiempo que en occidente vivimos pensando sólo en el bienestar material sin preocuparnos del espíritu.

Por eso muchos ancianos tienen que buscar la paz interior en ambientes artificiales. Echan de menos el gesto perplejo de un nieto mirándole con curiosidad; las sabrosas conversaciones con otros miembros de la familia; el ambiente insustituible de las casas donde conviven tres generaciones.

Recuerdo que antes mirábamos a los ancianos que estaban en cama incluso con temor reverencial.
En aquel tiempo creíamos en la vida después de la muerte. Los viejos eran venerados por tener un pie en el otro mundo. Eran símbolo de la sabiduría.

Hoy la vejez es considerada como una aflicción en lugar de un honor. Espero que, si llego a la tercera -y última- edad, no haga falta que los ancianos tengamos que acudir a familias de alquiler para huir de la soledad.

Mientras tanto, a la agencia Nihon Kokasei Honbu de Tokio –con más de ochenta parejas de ancianos en lista de espera- no le va nada mal.