¿Cuanto vale un anciano?

Una visión contrastada, desapasionada y oportuna que puede venir de los ancianos, no solamente contribuye al bienestar de los hijos, sino también al de sus padres.


Por: Jesús Ginés Ortega, Director Instituto BERIT de la Familia, Universidad Santo Tomás.
Fuente: Catholic.net

En una sociedad que casi todo lo valora en dinero, incluyendo en esto al tiempo, al espacio y hasta a las mismas personas, no sería extraño encontrarse con esta pregunta.

¿Cuánto vale un viejo? ¿Cuánto vale este viejo? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a pagar por él o a gastar en él?

Es este un modo de pensar o sentir que si bien no se expresa en las palabras, está presente en parte de nuestra sociedad, sobre todo en la Occidental, en la que nos toca en suerte o desgracia vivir. Algunos afirman que en el Oriente, los viejos todavía tienen una cierta esperanza de consideración, aunque a juzgar por la creciente globalización cultural, bien podría tener los días contados.

Desde una perspectiva menos deprimente y afortunadamente presente en nuestro medio, muchos viejos cuentan con el afecto sincero de su familia, y por lo mismo su valoración es distinta.

El viejo o la vieja pasan por ser puntales de referencia de la propia historia, archivos vivientes de la vida tribal, inagotable recurso de anécdotas, de vivencias y de sabiduría, refugio seguro de la conciencia moral de la gente joven y fiel apoyo de los hombres y mujeres de edad madura.

La persona que no ha sido aún anestesiada con el relativismo moral o el materialismo absolutista, que es lo mismo que el pragmatismo, seguirá dando a sus viejos un valor de humanidad que está muy cerca del valor cristiano de la dignidad plena del humano, por el solo hecho de serlo, sin tener en cuenta su tiempo, ni su condición física, económica, cultural o social.

Más allá de la actitud compasiva, misericordiosa y tolerante que llegan a manifestar algunos frente a sus viejos, es preciso reivindicar el rol irreemplazable que estos cumplen no solo en el hogar, sino que también en la empresa y en la vida cultural y cívica en la viven insertos.

El hogar familiar es y seguirá siendo el taller de la persona, la escuela de las virtudes cívicas y la Iglesia doméstica -en la feliz expresión del Papa Juan Pablo II-, y como tal requiere para su feliz desarrollo que convivan "los maestros con los oficiales y los aprendices".

Hay una tarea insustituible en el cometido de la maduración intelectual y moral. Todo proceso educativo requiere de tiempos y espacios definidos, de maestros y oficiales avezados, de aprendices disciplinados que reciben órdenes, que consultan y que son corregidos en su desempeño.

El viejo contribuye a la maduración de la personalidad, directa e indirectamente, con su apoyo inteligente, comprensivo, así como con su fuerza emocional que ya ha superado las etapas de la urgencia o el de la rigidez legal.

En cierto sentido, la presencia del anciano recuerda al joven y al adulto su futuro y por lo mismo le hace sentir el realismo de un vigor que no es permanente, que hay que cuidar.

La presencia del viejo es un mensaje subliminal de la moderación en los hábitos de pensar, de expresarse y de comportarse.

El ejercicio de las virtudes sobre todo de las primeras -la prudencia y la justicia- son fácilmente manifiestas en la personalidad de los viejos, que han tenido la gracia de superar tanto las adversidades de la vida como los momentos de éxito y por consiguiente de gozo.

El viejo que se asimila al sabio es asimismo una persona inclinada a la justicia frente a los hechos internos y externos que la familia deba enfrentar.

El que ha aprendido a resistir bien las dificultades y que no se ha quedado petrificado en sus momentos de gloria, es el mejor consejero para quienes aun afrontan las dificultades y que se ven tentados por los pasajeros éxitos.

La presencia de los viejos es necesaria, no solamente porque se convierten en auxiliares útiles para padre y madre que trabajan fuera de la casa.

Lo son también para los mismos padres, ya que ellos se encuentran en un proceso no concluido de educación de los hijos.

Una visión contrastada, desapasionada y oportuna que puede venir de los ancianos, no solamente contribuye al bienestar de los hijos, sino también al de sus padres.

El que esta presencia sea bajo el mismo techo -en el caso de una suficiente amplitud y respeto a la intimidad- o en visitas frecuentes al hogar es igualmente valiosa a la hora del balance benefactor de la presencia de los "maestros en el taller de oficiales y aprendices".