





Cómo educar a los nietos
Porque lo mejor, en las situaciones normales de la vida cotidiana, será que él vea una coherencia en la conducta de todos los mayores, antes que una guerra de competidores por ver quién lo mima más.
Por:
Oliveros F Otero y José Altarejos, "Los abuelos jóvenes"
Fuente: Edufam
Cuando se reflexiona un poco sobre lo
que los abuelos pueden hacer y lo que no deben hacer en relación con la
educación de los nietos, se ha de resistir a la tentación de apoyarse
básicamente en la casuística, como medio de llegar a conclusiones.
Podríamos pensar en hijos casados que, por una temporada, viven en
casa de sus padres, de modo que coinciden bajo el mismo techo abuelos jóvenes,
hijos casados y nietos pequeños. O cuando, viviendo cada familia en su
casa, los abuelos jóvenes tienen una convivencia asidua con los nietos,
por vía de aparcamiento. O cuando las vacaciones del abuelo con sus nietos
están más espaciadas en el tiempo, y por tanto los abuelos conocen
menos los cambios que se van operando en el crecer de los pequeños. O incluso,
aquella situación, menos habitual, pero que se da, de abuelos que, por
una u otra razón, tienen un nieto o más en casa, en permanente convivencia.
Cada situación requerirá diferentes indicaciones generales,
respecto a la posible acción educativa de los abuelos, aparte de la necesidad
de estudiar, una a una, cada situación familiar, por lo que tiene de irrepetible.
¿Cómo establecer unos criterios, más o menos generales,
que abarquen todas, o casi todas las situaciones respecto del papel de los abuelos
en la educación de sus nietos?
Refuerzo de la acción educativa de los padres
Todos sabemos que existe una condición elemental para que se dé una feliz convivencia -de cerca o de lejos- entre abuelos e hijos casados: el respeto mutuo.
Que los hijos respeten
la casa, las costumbres de sus padres; que los abuelos tengan clara la conciencia
del respeto debido a la familia nueva, creada por el hijo o la hija, en la que,
además, existe una persona -la nuera o el yerno- que vino a integrarse
desde fuera, que merece por razones obvias la máxima consideración,
el máximo respeto a su modo de ser y de hacer las cosas.
Si partimos
de este criterio, habrá más aciertos que errores en lo referente
a la educación de los nietos. Porque cada movimiento, cada actuación
de los abuelos tenderá a reforzar, del modo más natural, los criterios
educativos de los padres. Y no a establecer discrepancias entre lo que éstos
dicen o hacen con lo que ellos, los abuelos, hagan o digan ante los nietos.
¿Que en ocasiones esta norma requerirá esfuerzo para ser cumplida?
¡Naturalmente! Requerirá un esfuerzo y un preocuparse por estar en
la misma línea, y hasta una renuncia a las propias ideas, para:
-no interferir, si los padres están sancionando una falta cometida por
el pequeño;
-preguntarle al nieto, cuando pide que se le compre
algo, si la mamá o el papá van a estar de acuerdo con esa compra;
-darle la razón a los padres cuando los nietos vienen con una queja
(y, en el peor de los casos, para no entrar al tema).
Ello es compatible
con el afán de darle lo mejor al nieto.
Porque lo mejor, en las
situaciones normales de la vida cotidiana, será que él vea una coherencia
en la conducta de todos los mayores, antes que una guerra de competidores por
ver quién lo mima más.
Los abuelos que quieren de verdad
a sus nietos, antes que a sí mismos y a su propia complacencia, saben delimitar
perfectamente las fronteras entre el mimo razonable -que hará feliz al
nieto sin ninguna complicación- y el mimo que puede resultarle nocivo.
¿Y los padres? ¿Qué pueden hacer por reforzar lo positivo
de la acción de los abuelos en lo referente a la educación de los
pequeños? Parece que lo primero deba ser enseñar a respetar y a
querer mucho a los abuelos. Y en esto, como en todo, lo principal será
el ejemplo, los hechos, no las palabras.
Un niño de seis años
amanece un día con el capricho de no ir al colegio. Mientras la madre lo
viste, se organiza la batalla-discusión, no exenta de algún que
otro grito de la madre, acompañando al lloriqueo del muchacho. Entra el
abuelo: se propone, naturalmente, apoyar a la mamá; pero apenas empieza
a hablar, la madre dice: "Déjanos, abuelo, que éste no es asunto
tuyo." No entramos ahora en si es razonable o no lo que la madre ha dicho.
Pero días después, con ocasión de que el abuelo está
corrigiendo al niño sobre algo, éste sale con una música
que le ha quedado de aquella escena: "Abuelo, éste no es asunto tuyo."
Sí, el ejemplo es siempre decisivo. Si los hijos viven el ejemplo
de sus padres amando a los abuelos (al hablar de ellos, al poner calor en la celebración
de una fiesta para los abuelos, al transmitir alegría, porque hoy vamos
a ir a casa de los abuelos), aprenderán a quererlos.
Todo esto
vendrá acompañado por cuanto sean y hagan los abuelos para inspirar
cariño; y el lograrlo será bueno, ya de por sí; pero será
al mismo tiempo el mejor vehículo para que el niño acepte la autoridad
de los abuelos y la valía de cuanto éstos quieran inculcarles en
el orden educativo.
Entonces, ¿es preciso que los abuelos se fijen
unos objetivos en el capítulo de educar a los nietos? Diríamos que
esto más bien corresponde a los padres.
A los abuelos toca interesarse,
conocer estos objetivos de los padres, y adaptarse a ellos, con lo cual todo será
más fácil. Los abuelos disfrutarán así de esa gozosa
libertad de dar, sin más preocupaciones, desvinculados de cuanto suponga
atenerse a obligaciones señas, aunque se obliguen a no salirse de las pautas
educativas marcadas por los padres.
Los abuelos deben adaptarse a
los objetivos educativos de los padres
Y con tales premisas, ¿qué
dan habitualmente los abuelos que, sobre otros considerandos, pueda entrar en
el ámbito de la educación? ¡Tantas cosas!
Dan un
tiempo sin prisas, donde el niño se abre en contar cosas, seguro de ser
comprendido; donde hará preguntas, para prenderse en las respuestas maravillosas
de los abuelos.
Dan caminos por los que ande suelta la imaginación
y la fantasía -los cuentos de los abuelos, y las historias verdaderas de
los abuelos sobre una vida de atrás, en la que estaban los padres cuando
eran niños-; y dan mucho cariño, otra clase de cariño, que
sirve de campo abonado donde se sostengan las tiernas raicillas del alma del niño,
para que rebroten en virtudes, en amor a lo bueno.
Mucho pueden incidir
los abuelos, aunque la tarea básica compita a los padres, en la educación
de la fe. Desgranando, en lenguaje del niño, bellas historias evangélicas;
enseñando oraciones de sabor antiguo; uniendo afectos humanos con amores
divinos. Otra vez, será la paz de los años y el sosiego que emana
de las palabras de los abuelos, el mejor marco que encuadre un interesarse de
los niños por lo que oyen, un sembrarles algo que limpiamente imiten y
sientan.
Desde la acción cultural
El
segundo criterio sería éste: los abuelos educan a los nietos desde
su acción cultural.
Acabamos de referirnos a la educación
de la fe. Los elementos esenciales del bien común de una sociedad son:
bienestar;
paz;
cultura.
En la cultura, cuya relación
etimológica con culto no debería olvidarse, se incluyen los bienes
religiosos.
En el mundo de hoy, no es raro encontrarse con padres despegados
de lo religioso, en una familia donde los abuelos, por normales, viven una vida
de fe.
¿Qué pueden, o qué deben hacer entonces los
abuelos? ¿Cómo actuar cuando -tomemos un ejemplo directo- los padres
dicen que sus hijos no tienen por qué ir a Misa, o anuncian su decisión
de no bautizar al nuevo hermanito, próximo a nacer? Porque se trata de
un problema de conciencia, no cabe quedarse parados ante algo que los abuelos
contemplan como grave y perjudicial para los nietos. ¿Qué hacer,
entonces?
Cabe empezar reflexionando sobre lo que no debe hacerse, por
bien de los nietos.
No se puede hacer nada que pueda deteriorar a
imagen de los padres
No se puede decir a los nietos que sus padres
lo están haciendo mal, porque esto sería causarles -a los nietos-
un serio daño.
Sí se puede, y se debe, dialogar incansablemente
con los padres, para que modifiquen su actitud. Y hay que correr riesgos: el de
que los hijos casados piensen que sus padres se están entrometiendo en
sus vidas; el de los peligros de saltar del diálogo a la discusión,
evitables si los abuelos saben y se empeñan en hacerlo bien.
Realmente,
los abuelos no pueden desertar en tales ocasiones. Asumir la realidad es estar
dispuesto a seguir luchando, cuando los hijos y los nietos así lo precisan.
Aunque esto suponga perder un poco de comodidad y de tranquilidad en su vida.
La fuerza educativa de los abuelos radica en un ambicioso plan de acción
cultural y en los pequeños detalles de servicio.
¿Incidencia
educativa en los padres?
Los abuelos jóvenes, por el modo
de educar de sus hijos, los padres de sus nietos, irán descubriendo lagunas
en su anterior acción educativa de padres.
No es corriente, por
ejemplo, y sí necesario, educar a los hijos para la familia.
No sólo como segundos responsables
de su familia de origen, sino también como posibles primeros responsables
de una nueva familia, la fundada por cada nuevo matrimonio.
Y ahora,
ya recién abuelos, descubren lo que debieron hacer años atrás
con sus hijos, y no hicieron. ¿Cómo subsanarlo? Continuando, discretamente,
su acción educativa con sus hijos, aunque éstos ya sean padres.
En realidad, aunque éstos se casen y creen su propia familia, aunque
se hagan muy mayores e independientes, ¿es que un padre y una madre no
están educando a los hijos -llámese de otra forma, si se quiere-
hasta el último momento de estar en el mundo (los hijos)?
El modo
educativo será sugerente, y en muchos casos indirecto, o por vía
de terceras personas (en quienes delegan), pero hasta la muerte del hijo no termina
la responsabilidad de ayuda educativa de los padres.
La acción
educativa de un abuelo joven que sigue ejerciendo como padre de sus hijos, ya
casados y padres, tiene la ventaja de poder observar en los nietos las prioridades
educativas. Es prioritario, por ejemplo, aquello en que consienten a los hijos
y no deberían consentirlo. Las permisividades de los padres de sus nietos
les dan pistas para ver qué es lo más urgente en su discreta y eficaz
ayuda educativa a esos primeros educadores que son sus hijos.
Lo que
no pueden olvidar los abuelos jóvenes, en cualquier situación -normal
o anómala-, es que están ahí, en la mayor proximidad de esa
nueva familia, y que algo -mucho- se está esperando de ellos, aunque no
se lo digan.
Son los terceros responsables de esa familia. No es una
responsabilidad titular, sino una co-responsabilidad, de ayuda. Pero es una ayuda
con categoría de arte.
Los abuelos necesitarán ayuda orientadora
para saber cómo seguir educando a sus hijos, sin que éstos se molesten
o lo rechacen.
Aunque tampoco se lo podrán agradecer, porque apenas
se notará su ayuda. Consistirá en:
-conversar en tertulias
sobre temas educativos;
-sugerir una lectura;
-alabar una actuación
educativa;
-destacar algún progreso en la conducta del nieto;
-poner en contacto a su hijo (o hija) con una persona que beneficie su acción
educativa;
-informar sobre algún curso de orientación familiar
de interés;
-animar a algún amigo común a que les
ayude a sus hijos en tal o cual aspecto subjetivo, etc.