Cuando los hijos se van…

Lo que los hijos casados esperan de nosotros no es un juez que les diga qué hacer o qué no hacer, o que les recuerde qué han hecho bien o mal. La vida misma es muy dura y se encarga de mostrárselo. Ellos necesitan una cara amiga, una sonrisa que los escuche, un hombro que se les arrime, un oído a quién confiarle las preocupaciones sin temor a ser malinterpretados, un apoyo moral que los aliente en su lucha.

 

Por: Liliana Esmenjaud
Fuente: Mujer Nueva


La boda de un hijo es un evento a la vez consolador e inquietante. Por una parte, se tiene la satisfacción de verlo emprender su propio camino, pero por otra, no se deja de sentir el vacío que queda en el hogar paterno, donde todo está impregnado de su presencia y sus recuerdos. Harán falta muchas lunas para sanar esa herida que se abre con su desprendimiento.

La nueva vida del hijo implica una adaptación no sólo para él, sino especialmente para sus padres. Sigue siendo hijo, pero ya no depende de ellos.

Su vínculo más fuerte ya no es con sus progenitores, sino con su cónyuge y los hijos que vendrán con el tiempo.

Es momento de pasar a un discreto segundo plano. Ya no corresponde decidir por ell

os. Ellos ya han crecido, ya se han separado y necesitan el tiempo y el espacio para ir creando su propio hogar. Este hogar, como es de esperar, será diferente al de los padres de ambos. Esto puede ser difícil de aceptar, pero es ley de vida y hay que apoyarlos.

Esta nueva etapa brinda retos y oportunidades para los padres de los novios. Es un momento muy propicio para reencontrarse como pareja. Han pasado más de veinte años desde que empezaron a vivir juntos. En esos años, el trajín de actividades en el trabajo, en la vida social y las responsabilidades de los hijos los mantuvieron ocupados y entretenidos.

Ahora todo empieza a regresar a su calma. Si en un inicio todo era novedad y entusiasmo, ahora es un nuevo comienzo desde la madurez y la experiencia.

Y son precisamente estos componentes los que dan su riqueza a esta nueva etapa: la mayor disponibilidad de tiempo, la madurez y el acervo de experiencia acumulada.

Es tiempo para seguir construyendo. La etapa de los recuerdos todavía no llega. Mientras se esté en condiciones físicas y mentales para hacer algo, es importante seguir en movimiento y en crecimiento. Ha llegado el momento para hacer realidad algunos sueños, y para preparar la herencia que se dejará en este mundo.

Ayuda pensar cómo nos gustará ser recordados cuando faltemos, para actuar en consecuencia. Es una etapa muy propicia para aportar la experiencia personal más allá de los confines de la propia familia y trabajo.

Es un tiempo para dedicarse a hacer el bien, a dar mientras se pueda. Y aquí no nos referimos tanto a cosas materiales, sino a dar amor, dar experiencia, dar tiempo, dar compañía; en pocas palabras, dar alegría.

A esta edad ya sabemos por experiencia propia lo difícil que puede ser la vida que los hijos están empezando. Con las obligaciones del trabajo, las preocupaciones por los niños, etc. Nosotros nos encontramos en un momento adecuado para hacerles la vida más amable, más alegre, más ligera.

Lo que los hijos casados esperan de nosotros no es un juez que les diga qué hacer o qué no hacer, o que les recuerde qué han hecho bien o mal. La vida misma es muy dura y se encarga de mostrárselo. Ellos necesitan una cara amiga, una sonrisa que los escuche, un hombro que se les arrime, un oído a quién confiarle las preocupaciones sin temor a ser malinterpretados, un apoyo moral que los aliente en su lucha.

Necesitan tener un oasis a dónde poder ir a refugiarse de las preocupaciones de todos los días, y ese oasis puede muy bien ser la casa paterna. Eso depende de cómo sean recibidos en ella. ¡Qué mejor programa de vida para esta nueva etapa!: ser ese colchón para los hijos y sus familias. Llegará el tiempo en que ellos lo tengan que ser para nosotros, y lo harán con alegría y cariño cuando lo necesitemos.

No hay que temer el momento en que los hijos se vayan. Por el contrario, hay que prepararnos personalmente y como pareja para estar a la altura de la nueva misión en la vida.

 Envía esta página a un amigo