La vivencia de la muerte


El envejecimiento y la vivencia de la muerte suelen estar íntimamente relacionados. A medida que la vida avanza, el aviso de su fin se hace cada vez más insistente.

 

Tomado de: "Guía práctica de psicología", Temas de hoy, Madrid 1998.
Fuente: Edufam

El envejecimiento y la vivencia de la muerte suelen estar íntimamente relacionados. A medida que la vida avanza, el aviso de su fin se hace cada vez más insistente.

Aunque se oiga decir «yo no tengo miedo a morir», a todos, de una u otra forma, nos asusta la muerte, a pesar de que tendamos a considerarla como algo «ajeno», que nunca nos afectará directamente, ni a nosotros ni a quienes amamos.

La vivencia de la muerte de hecho no sólo afecta al que se acerca a ella, sino a todas las personas que lo rodean y lo quieren.

El envejecimiento y la vivencia de la muerte suelen estar íntimamente relacionados. A medida que la vida avanza, el aviso de su fin se hace cada vez más insistente.

Hay que tener en cuenta el aumento de los años de vejez en los países occidentales en los que la población general va envejeciendo.

El hombre prehistórico tenía una vida media de dieciocho años, en la época de la revolución americana alcanzaba los treinta y cinco y en 1900, los cuarenta y nueve años.

Hoy la esperanza de vida en las sociedades industriales oscila alrededor de los setenta y cinco años.

Un bebé suizo puede esperar vivir como mínimo setenta y cinco años mientras que su contemporáneo en la India probablemente muera a los cuarenta y seis.

A esta mayor previsión de vida hay que añadir el alarmante descenso de la natalidad en estas mismas sociedades, de forma que cada vez hay más ancianos que van teniendo más años.

Pero, es curioso, no son los ancianos los que tienen miedo a morir, sino los jóvenes y los adultos, personas que en teoría tienen la muerte más lejana.

Cuando una persona se entera de que va a morir entra en una especie de shock y lo mismo le ocurre a las personas que la quieren. Luego, tanto el afectado como sus seres queridos, entran en un proceso de cuatro fases:

1. Rechazo. En ella la enfermedad mortal no se acepta, se niega su existencia. Hay personas que hasta llegan a abandonar el tratamiento o las visitas al médico con tal de no escuchar otra vez la terrible sentencia. Otras, incapaces de asumir su destino, visitan un sinfín de médicos y curanderos buscando inútilmente que alguno cambie el diagnóstico.

2. Autocompasión. Cuando no hay más remedio que asumir este hecho, la persona se compadece de su suerte. Se pregunta obsesivamente. ¿Por qué a mí y no a otro? En esta segunda fase no son raros los sentimientos de ira hacia otras personas o miembros de la familia, como si fuesen culpables de la propia enfermedad.

3. Rebelión. Es la fase de lucha en la que el enfermo intenta vencer o frenar el avance de la muerte. Hay una absoluta concentración en esta idea, el cuerpo y el espíritu se mantienen en actitud de combate. En estos momentos la ayuda de los seres queridos es fundamental.

4. Aceptación. Cuando se ha perdido la última batalla sólo queda esperar y aceptar el final. Es la fase en la que el moribundo se pone en paz consigo mismo y con todo lo que lo rodea, hace balance de su vida e intenta vivir sus últimos momentos. No es la fase más traumática, sino que suele caracterizarse por la serenidad y la resignación. En muchos individuos aparece una fuerte e imperiosa necesidad de acercarse a Dios y de reparar los posibles errores cometidos. Otros intentan arreglar todos los asuntos pendientes. En estos momentos todos saben que van a morir y esperan.

Estas cuatro fases no son estrictas. Hay personas que pasan de la primera a la última directamente, otras sólo viven una de ellas.

Pero los estudios psicológicos demuestran que la mayoría de las personas vive las cuatro.

Múltiples factores influyen en la actitud de las personas ante la muerte. La fe, el creer en Dios y la esperanza de una vida futura, confortan, dan entereza y resignación a la hora de enfrentarse con la muerte y soportar la pérdida de seres queridos; hay personas que han vivido alejadas de todo lo divino, y que al acercarse sus últimos días necesitan reencontrarse con Dios.

Existen factores sociales que están cambiando, entre ellos el entorno de los enfermos incurables; antes estaba limitado al hogar al que se iba a morir rodeado de familiares, luego se ha circunscrito a los hospitales.

Ahora hay una especie de vuelta atrás, y enfermo, médico y familiares suelen preferir el propio hogar.

También se ha modificado la estética de la muerte y todo el simbolismo acompañante. Si hubiese que resumir en una palabra la actitud social de hoy ante la muerte, sería la de «desdramatización».