Abuelos que saben querer

Aprender a querer es el principal objetivo de la educación familiar. Las herencias espirituales, los legados familiares, no pueden transmitirse sin amor.

Fuente: Edufam


El punto de referencia de una persona culta -por persona, y por culta- es el amor. El clima de cariño es la única atmósfera respirable para una persona. Sin amor, el pensamiento se degrada. Sin amor, la cultura familiar no es posible.


El criterio para juzgar una cultura es la verdad, el bien y la belleza.

Pero el amor, que -referido al ser humano- es «la primera reacción de su sentimiento y de su voluntad, que se complacen en el bien» (J. Hervada en Diálogos sobre el amor y el matrimonio), también está relacionado con la verdad, el bien y la belleza.

Cuando se quiere destacar la calidad de una relación amorosa se habla:

- de un amor bueno;
- de un amor verdadero;
- de un amor hermoso.

También la educación puede entenderse como proceso de desarrollo de la capacidad humana para captar la verdad, el bien y la belleza, y para vivir de acuerdo con esta captación.

Luego, hay una clara relación entre cultura, educación y amor. Aprender a querer es el principal objetivo de la educación familiar. Las herencias espirituales, los legados familiares, no pueden transmitirse sin amor. Por eso, no basta que los abuelos sean cultos:

Es necesario que los abuelos sepan querer

Aquello por lo que la casa de los abuelos es un centro difusor de cultura, o un lugar donde la cultura nace, o se respira, es porque hay unos abuelos que saben querer. Es decir, que:

- saben darse, dando;
- manifiestan su amor en detalles de servicio;
- están disponibles, sin perder autonomía;
- no cosifican a las personas;
- no son esclavos de nada;
- no juegan al chantaje afectivo;
- esperan recibir, aunque no necesariamente por el mismo conducto de su desprendido dar; y
- miran la vida serenamente desde una modesta altura.

Saber querer es saber dar y saber recibir, creciendo siempre en esta capacidad de dar y de recibir.

Dar es desprenderse de lo material y de lo inmaterial en función de la mejora personal de otros

Y recibir es aceptar algo, material o inmaterial, como regalo, como muestra de aprecio, como ayuda necesaria, como correspondencia,

Recibiendo siempre en función de la mejora personal

El amor de los abuelos no se limitará a dar y a recibir, porque al hacerlo pueden enseñar también a dar y a recibir a las nuevas generaciones.

No un dar y un recibir sólo cosas materiales, sino en armonía lo material y lo espiritual. Y enseñando a agradecer desde la propia gratitud.

Dar según las necesidades reales de los otros. Y lo que más necesitan son palabras vivas. Por contraste, las palabras muertas, tan propias de la inestabilidad frívola en que vivimos,

- producen hastío;
- adormecen el alma;
- degradan la racionalidad humana;
- enferman la voluntad;
- masifican;
- paralizan;
- entorpecen.

Pero, ¿dónde encontrar palabras vivas?

Amor de abuelos, amor agradecido, desprendido, comprensivo y delicadamente exigente. Amor para caminar con sus nietos. Y con otros miembros de la familia extensa, si también están dispuestos a caminar.

Amor para ver las cosas con agudeza y con profundidad, prestando mucha atención a la dirección justa de cada camino.

Amor para conocer el corazón y los pensamientos de los nietos

Amor para escucharles y para enseñarles a conversar.

¿Sólo a los nietos? A todos los que busquen o acepten su ayuda. Lo que pasa es que los nietos tienen el corazón dócil. Y responden mejor, normalmente, al amor de los abuelos y de las abuelas jóvenes.

Amor de abuelos, en y desde un espacio humano que, previsoramente, han sabido crear, con la ayuda de los arquitectos, en medio de las dificultades, para que los hijos y los nietos encuentren allí un oasis de cultura y un refugio de amor, entre las prisas y la superficialidad del momento actual.