¿Son una lata?

Nuestra sociedad les ha pegado sobre la chaqueta del traje o sobre el sweater una etiqueta: "pasado de moda, inútil, ya no sirve".

Fuente: Catholic.net

¿Por qué no protestan? ¿No se merecen acaso un poco de gratitud y consideración?

Sin embargo, la juventud ya se quedó muy atrás, ya han perdido las fuerzas para organizar una huelga o un golpe de estado. Tendrán que resignarse y aguantar, son ancianos. ¡Menudo premio!

Si lees "La Celestina", una obrilla española del siglo XV, te tropezarás con frases que al hablar de la vejez, se codean con el colmo del pesimismo, un pesimismo made in siglo XX.

Ahí te van algunas de ellas: "mesón de enfermedades, posada de pensamientos, amiga de rencillas, llaga incurable, continua congoja, cayado de mimbre, mancilla de lo pasado, pena de lo presente, cuidado triste de lo porvenir, vecina de la muerte".

El autor se ha pasado un poquito ¿no crees? Parece el anuncio de una oficina "Pro-eutanasia". ¿No serán mayoría quienes conciben así la vejez? Pregúntales a tus vecinos a ver qué opinan.

Tal vez no sólo tus vecinos piensen así. Pululan por las calles y por los bares muchos ancianos contagiados por este pesimismo.

Sí, ancianos de ésos que se pasan el día sumidos en la tristeza, sentados en un parque con el bastón en la mano, sin hacer nada, terriblemente solos.

De ésos que consumen sus últimos años jugando al dominó, a los bolos o a las cartas. ¿No será la gripe del pesimismo la causa de miles de enfermedades, achaques y arrugas interiores? Habría que inventar un "pesimismómetro". Y recetar a esos viejitos una buena dosis de optimismo.

Nuestra sociedad les ha pegado sobre la chaqueta del traje o sobre el jersey una etiqueta: "pasado de moda, inútil, ya no sirve".

A veces no nos conformamos con eso y les mandamos a un asilo para que no estorben ni molesten. "Son una lata", diría el chulito de turno.

Quizá se nos haya olvidado que Goethe acabó su segundo "Fausto" a los ochenta y tres años; que Verdi compuso el "Te Deum" a los ochenta y cinco; que Tiziano pintó la "Batalla de Lepanto" a los noventa y cinco; que Juan Rulfo escribió su obra cumbre "Pedro Páramo" a los setenta años, que don Pepe, Jacinto y Ramón y....

Échale unas gotitas de optimismo a tus consideraciones sobre la vejez y verás qué maravilla representa cada anciano para la humanidad.

Hasta ahora, habías pasado de largo sin prestarles atención, sin valorar la caravana de rasgos dignos de admiración, gratitud y aplauso que les acompaña en el ocaso de la vida.

Fíjate en ellos por unos momentos.

La experiencia de la vida les ha llenado, a muchos de ellos, de sabiduría, de buen sentido y de profundidad en los juicios.

Con el pasar de los años se han convertido en modelo de fidelidad al amor para tantos y tantos matrimonios destruidos o a punto de sucumbir.

El tiempo les ha enseñado a no dar tanta importancia a lo fugaz y pasajero y a pensar más en la eternidad, en su alma, en Dios.

Como señala Cabodevilla en su libro "32 de diciembre": "Hay una porción de cosas muy preciadas a las que el tiempo añade valor: la plata, los violines, el cuero, las pipas, la madera, el tabaco, los barriles, la amistad".

¿Y la vida del hombre?

¿No nos habremos equivocado al enviarlos al asilo, al repetir una y otra vez: "son una lata"?