





No tuve tiempo
Por: Antonio Crespillo-Enguix
Fuente: Colegio
Irabia
Tiene
sesenta años. El corazón ya le ha fallado varias veces y tal vez
ésta sea la última.
En su lecho rememora su vida y, de
cuando en cuando, dice:
-Yo hice por mi hijo todo lo que pude.
Quien
así habla, desde el lecho, fue en su día un gran psiquiatra. Querido
por todos. Resolvió grandes casos.
Devolvió la salud mental
a mucha gente. Pero no a su hijo.
- Ya ves -sigue diciéndome-, él
es ahora albañil. Un sencillo albañil. No tengo nada contra los
albañiles, pero su rehabilitación nos lleva costando unos quince
años. Es como un náufrago en un mar turbulento, donde unas veces
flota y otras se hunde. Yo he hecho todo lo posible...
Su
hijo, entre los quince y los veinte años se enganchó a las drogas.
Quedó muy marcado afectiva y psíquicamente. Para él, su familia
era un infierno, y él lo era para su familia.
Sistema nervioso destrozado.
Voluntad y personalidad anuladas. Ya no pudo coger un libro. La vida sólo
le daba para poner ladrillos... y no siempre.
-Yo
hubiera querido otra cosa para mi hijo. Le di todo lo que yo no tuve; todo lo
que me pidió. Pero no supe estar con él en su infancia, o en esos
años difíciles de la adolescencia. ¡Siempre estuve tan ocupado!
No tenía tiempo ni para mí.
A
veces me pregunto si la vida hubiera ido por otros derroteros, si le hubiera atendido
más, si le hubiera dedicado mi tiempo. No sé. Luego hicimos todo
lo que pudimos, pero ya era tarde. Ahora veo que fueron sus amigotes quienes le
"educaron", y no yo.
A los pocos días fallecía
nuestro amigo psiquiatra. Su hijo estuvo en el entierro, pero no soltó
ni una lágrima.
No se contrarresta la educación con el
dinero, ni el tiempo con los regalos.
La expresión "no tengo tiempo para mí" es equívoca: lo que estás haciendo es disponer de todo el tiempo para ti, para tus cosas, ¡para tu trabajo!.
Debemos darnos cuenta de que los hijos necesitan del contacto con sus padres: ¡con el padre también!.
Han de aprender a jugar con los hijos, hacer el indio si hace falta, para ganarlos
afectivamente.
Si no hay afectividad positiva en la familia, el adolescente irá a buscarla en otro grupo de personas: sus amigos. Si los amigos le ayudan a educarse bien, estupendo. Pero si los amigos son unos crápulas, le darán el calor humano que no tienen en casa, la comprensión que no tiene en casa y el trato personal y directo que tampoco tiene en casa, y tu hijo será otro crápula.
Todos
necesitamos cariño, los adolescentes más. O se lo damos en casa
-y se sienten queridos- o lo buscarán en las compañías.
Ellos no pueden dar por supuestas las manifestaciones de cariño, necesitan
palparlas, verlas.
Como
el amor de la mujer, que, aunque se supone, cada día ha de tener sus pequeñas
manifestaciones, el amor a los hijos también debe tener sus diarias manifestaciones.
Y cuanto más problemático sea un hijo, más atención
afectiva va a necesitar.
En el fondo, muchos problemas personales son un grito
que dice: ¡que me quieran como soy!
Los hijos necesitan el tiempo de
sus padres.