





Un
viejo amor, siempre nuevo...
¿Cómo pagar a mis abuelos todo lo que de ellos recibí? Tal vez la única forma sea dejando ese mismo legado a las generaciones que siguen.
Por:
Bruno Ferrari.
Desarrollo y Formación Familiar, A.C.
Hace tiempo me encontré un letrero con una frase que me llamó la atención "Adopta un Abuelo".
Después vi cómo ese lema cambió por el de "Apoya un Abuelito". Ambos mensajes me hicieron reflexionar en la importancia que tiene la figura de los abuelos y del amor que se profesan frente a sus hijos y nietos.
Sin duda para cualquiera de nosotros que hayamos tenido la suerte de convivir con nuestros antecesores, alguno de ellos ha representado un elemento importantísimo en nuestra formación.
Hace muchos años, quizá demasiados, cuando yo era apenas un niño, buscaba pasar la mayor cantidad de tiempo posible en compañía de mis abuelos.
Entonces me preguntaba el por qué me gustaba su compañía. Ahora pienso que probablemente era por la paz que ellos me proporcionaban y la gran sabiduría que ellos sabían trasmitirme en base a su experiencia.
Mi abuelito, por ejemplo, sabía distraerme enseñándome cosas tan útiles como aprender a barrer, a lavar el auto y a preparar un delicioso jugo de naranja.
Con ellos aprendí también a construir castillos de barajas, casitas de dominó y otros muchos de esos juegos que parecen intranscendentes, pero que nos hacen convivir en familia disfrutando de momentos imborrables en nuestro recuerdo.
Y así podría seguir con una lista interminable de momentos felices que seguramente son imborrables. Por ejemplo, el día en que aprendí a jugar dominó, las múltiples lecciones de mi abuelita para jugar canasta ¡con desastrosos resultados!, etc.
Pero independientemente de todos esos momentos que se guardan como un tesoro en la vida, existe también otra riqueza de mucho más valor: el ejemplo.
Nunca podré olvidar el inquebrantable testimonio de trabajo de mi abuelo, cuando salía desde muy temprano acompañado de su bastón, por el daño que le había causado una bala en su rodilla en los tiempos de la Revolución.
Recuerdo como mi abuelita se despedía de él con un cariño envidiable permaneciendo en la puerta de la casa por largo rato.
Mi viejito volteaba siempre desde lejos para hacerle la señal de adiós a mi abuela, con la seguridad de que ella siempre estaría esperando para responderle hasta que lo perdiera de su vista al final de la calle.
De la misma manera era indescriptible la alegría de toda la familia cuando escuchábamos la señal característica que hacía mi abuelito al llegar a la casa.
Todos corríamos a recibirlo, pero siempre nos encontrábamos con la sorpresa de que mi abuelita ya se nos había adelantado.
Una cosa que me es muy difícil recordar, es si él alguna vez regresó con las manos vacías, porque aún mantengo con mucha claridad la imagen del viejito quitándose el sombrero para recibir tiernamente un beso de mi abuelita en la frente, e inmediatamente después empezar a hacer entrega de los diversos detallitos que nos había traído.
Estos podían ser desde unos sencillos dulces de esos de color verde en forma de perita hasta un cochecito o algo parecido, en algunas ocasiones.
Esto sin fallar nunca y principalmente a mi abuela, a la que invariablemente le traía un detalle de su agrado y ella lo recibía con manifiesta alegría.
Sus regalos siempre estaban llenos de sencillez y con ellos buscaba desarrollar nuestra inteligencia y nuestra imaginación.
De forma muy especial, los abuelos participaron también en nuestra formación. Recuerdo cuando mi abuela me enseñó mis primeras oraciones, de esas que todos conservamos en la memoria.
Recuerdo también que poco a poco ella iba formando en nosotros una conciencia recta, enseñándonos a distinguir con claridad y justicia, entre lo bueno y lo malo.
Pero lo que dejó entre todos mis hermanos y primos una huella indeleble, fue que todos los días al anochecer, antes de ir a dormir, mi abuelita nos llevaba a realizar nuestras últimas oraciones y así entre la mística y el juego nos conducía a un cuarto en que existían diferentes divisiones para cada uno de nosotros.
Ahí al abrir unas puertas había una pecera de cristal vacía que tenía al lado otras dos peceras más pequeñas en las que se contenían en una, canicas de color negro y en la otra, canicas de color blanco.
Mientras cada uno rezaba tenía que hacer un examen de conciencia y por cada cosa mala que hubiera hecho, debía depositar en la pecera de en medio una canica de color negro y de la misma forma por cada cosa buena una canica de color blanco. Después de esto nos retirábamos a dormir.
Al día siguiente, al levantarnos, existía en todos la gran ilusión de regresar a este sitio, ya que las canicas de la noche anterior; se habían "convertido" por manos de mi abuelita en montoncitos de paja, más grandes o más chicos según hubieran sido nuestras obras del día.
Esa paja, día con día era guardada por nosotros con un profundo respeto en un cajón debajo de la división donde estaba la pecera de las canicas.
Al final del año, en compañía de los abuelos, todos esperábamos con ansiedad el día de poner el pino de Navidad y sobre todo las figuras del Nacimiento.
Así mismo experimentábamos una inmensa alegría cuando cada uno de nosotros llevaba consigo el bultito de paja que se había conseguido por la obras buenas durante todo el año, para con él construir el pesebre del Niño Dios.
Así se nos fue enseñando que por cada obra mala que hacíamos o por aquellas buenas que dejábamos de hacer, indirectamente hacíamos menos cómodo el pesebre del Niño Dios y esta era una gran responsabilidad.
Otro de sus ejemplos, quizá el más valioso, nos lo dieron en el campo del amor y de su verdadero significado.
No del "amor" que se nos presenta actualmente en la televisión o en las películas de cine, sino de aquel amor que se puede alcanzar cuando la pareja está unida por la voluntad de seguirse amando, aún cuando ya han pasado los llamados "mejores momentos de la vida".
Cuando la belleza física deja lugar a la belleza espiritual. Cuando se ha perdonado todo y se sigue perdonando única y exclusivamente por amor.
Así recuerdo cómo, cuando era niño, me deslizaba secretamente para poder observar a mis abuelitos en sus momentos de convivencia.
Poco a poco, sin ser sorprendido, llegaba hasta esconderme detrás de la puerta y podía observarlos sentados en una pequeña mesa junto a la ventana que daba al jardín, ahí se ponían a jugar dominó, y podía yo ver entre la rendija de puerta como mi abuelito tomaba tiernamente de la mano a su esposa, la otra mitad de su vida, y la acariciaba con una ternura que hasta la fecha no puedo olvidar.
Después, como si se hubieran hecho novios apenas ayer, mi abuelito como el más romántico de los hombres le cantaba una canción con su entonada voz en la que se hablaba de un árbol y una niña, la niña grababa su nombre en la corteza del árbol y el árbol le dejaba caer a la niña una hermosa flor.
Al final de la canción, mi abuelito le decía que el era el árbol en el que ella había grabado su nombre y que lo guardaba en su tronco y le preguntaba a ella que había hecho con su pobre flor.
Así
fui viendo casi sin darme cuenta cómo transcurrían los últimos
días en ese clima lleno de amor que siempre se profesaron mis viejitos.
Quizá
por eso, cuando mi abuelo murió, no tuvo que pasar más de un año
para que mi abuelita lo alcanzara.
El murió como lo había previsto siempre: "el día en el que yo ya no pueda trabajar, voy a morir de inactividad, porque la vida está hecha para servir y, si no se vive para servir, no se sirve para vivir".
Durante el último año de vida de mi abuela, mi abuelo nunca dejó de estar a su lado, aunque fuera en el recuerdo. Ella siempre le preparaba la cama para dormir como si él siguiera viviendo, le ponía su lugar en la mesa y a veces hasta se le escuchaba hablar con él.
Así se fueron mis abuelitos, pero sólo se fueron corporalmente, porque su ejemplo, su imagen y sobre todo su testimonio, sigue ocupando entre sus hijos y sus nietos un lugar muy importante, un verdadero ejemplo a seguir.
Ahora me pregunto de qué forma se le puede pagar a unos abuelitos como los míos el inmenso legado que me han dejado sobre el verdadero significado del amor.
Tal vez la única forma sea dejando ese mismo legado a las generaciones que siguen, quizá de esta manera nuestros hijos y nietos puedan vivir, en carne propia, "UN VIEJO AMOR, SIEMPRE NUEVO".