





La viudez en los abuelos jóvenes
Por:
Oliveros F. Otero y José Altarejos, "Los abuelos jóvenes", Editorial Palabra.
Fuente: Edufam.
Muy brevemente quisiéramos referirnos a esta situación dolorosa que afecta
casi al cincuenta por ciento de los cónyuges.
Decimos casi, teniendo
en cuenta los casos de accidentes en que mueren los dos a la vez.
Primera
cuestión: la muerte separa a los cónyuges. A veces, recién casados. En ocasiones,
con los hijos muy pequeños. Otras, cuando ya son abuelos.
¿Cómo reaccionará
el abuelo superviviente? Eso dependerá mucho de lo que sepa o de lo que ignore
acerca de la muerte de la persona humana.
El cónyuge -lo mismo que cualquier
otro ser humano- no debe evadir el problema de la muerte, puesto que no puede
evadirse de morir y, en muchos casos (digamos la mitad), debe ver morir a su cónyuge.
Hay que aceptar la muerte. Pero no es lo mismo la aceptación fatalista de
quien observa que todo lo vivo se muere, que la aceptación de quien vive su filiación
divina. No es lo mismo la muerte para quien no espera nada y es un adiós definitivo
que para quienes saben que es sólo un tiempo de ausencia.
Un poeta argentino,
en los tres últimos versos de un soneto, lo expresa de este modo:
«Y
el tiempo que discurre hacia la muerte, no existe por el tiempo que ha pasado,
sino por el que falta para verte» (Francisco Ruiz Bernárdez, Antología poética).
Aun descubierto el sentido de la muerte, la separación es muy dolorosa.
En algunos casos, parece imposible la supervivencia, pero... todo tiene arreglo.
Muchas veces, supondrá renunciar a proyectos, acariciados desde tiempo
atrás, de viajar juntos o de disfrutar de un tiempo para ellos solos que antes
no tenían. A veces, se añadirá el dolor del tipo de muerte.
Las situaciones
de viudez son muy variadas. Dependen de la edad, de la profesión, del modo de
ejercerla, de los medios económicos y de los recursos que el viudo o la viuda
encuentre en su interior (recursos de la naturaleza y de la gracia). Por ello,
es difícil decir algo de interés general.
Sigue siendo importante el
cuidado de las propias zonas de autonomía. No se deben dejar absorber por los
recuerdos, ni rechazarlos totalmente. En ocasiones, deberán ayudar a vivir la
memoria del difunto en aquellos que le conocieron menos.
En definitiva,
se trata de continuar solo un camino, recorrido hasta ahora en compañía. Pero
es una soledad muy relativa.
En primer lugar, porque el que se ha ido
está cerca y habla en el corazón. En segundo lugar, porque ha de ser suplido en
servicios a los propios hijos y, en general, a la familia extensa. Y al servirlos,
se vive en la compañía del remitente y de los destinatarios.
Quedan
para el abuelo unas responsabilidades antes compartidas. Y deberá crecerse para
hacer él solo aquello que fue tarea de dos. Así, muchos problemas personales pasarán
a segundo plano.
Por otra parte, notará más fácilmente la precariedad
de su protagonismo. Y esto le impulsará a buscar las ayudas necesarias y posibles.
Buscará en el recuerdo no la nostalgia del pasado, sino la luz y la fuerza
para proseguir su camino.
Y sin miedo a caer en la melancolía, no rehusará
continuar empresas que antes compartió con su cónyuge, en la mejora de la familia
y de la sociedad; ni volver a encontrarse con amigos de los dos.
Cuestión
fundamental: la amistad. Si todo ser humano necesita del cultivo de la amistad
para seguir creciendo, como persona, el viudo o la viuda también la necesita.
Debe evitar el aislamiento.
Quizá no sirvan para mucho estas indicaciones
generales, dada la diversidad de situaciones de viudez. Cada caso debe ser estudiado
en particular, detectando problemas y buscando posibles soluciones.
En todo caso, se trata de abordar esa situación concreta de viudez, como una nueva
etapa del camino hacia la madurez personal,
-desprendidos de lo accidental;
-atentos a las oportunidades de darse;
-agradecidos por lo valioso
recibido;
-dispuestos siempre a volver a empezar;
-con la
sencillez del humilde;
-con la alegría del verdadero artista.
Y a la vez,
-conservar siempre su independencia;
-no quemar
las naves;
-tener siempre su casa, aunque pueda pasar un corto tiempo
con sus hijos, cuando se lo pidan.