





Cómo tratar a yernos y nueras
Hasta en las situaciones más idílicas -los jóvenes se quieren, son buenas personas, bien educados- surgen razones para las fricciones entre suegros y nueras/yernos. Una buena sonrisa, la capacidad de perdonar, el intento de ser mejor persona y el amor por la pareja son algunos de los mecanismos que hacen más suaves y cariñosas las relaciones con la familia política.
Por: Oliveros F. Otero y José Altarejos, "Los abuelos jóvenes", Editorial
Palabra.
Fuente: Edufam.
Ha llegado un extraño
El camino para ser
abuelo se empieza con la boda de un hijo -o una hija- que crea, al casarse, una
nueva familia.
¿Qué ocurre entonces? Hasta en situaciones óptimas, en
que esa boda merece la total aprobación de los padres de los contrayentes, y aun
teniendo presente que los recién casados se independizan y van a vivir su propia
vida, se crea una nueva situación, que sólo al correr del tiempo se irá suavizando:
alguien extraño, el yerno o la nuera, ha venido a implantarse en el núcleo familiar.
Y eso, por no extenderse ahora a las otras relaciones -a veces muy problemáticas-
que también aparecen como totalmente nuevas: nos referimos a las que se crean
entre los consuegros.
¿Qué ocurre entonces?, seguimos preguntando. Ese
hijo o hija política puede ser una persona estupenda; pero viene
-con
otras ideas,
-con otros gustos,
-con otras costumbres.
Está fuera de la órbita familiar, que se forjó a fuerza de años. En ese
organismo vivo que es la familia se ha realizado un injerto, y cabe una posibilidad
de rechazo.
Bueno -se nos objetará-: desde que el mundo es
mundo se están creando nuevas familias, y quien se casa lo hace con una persona
singular, no con una familia entera. No hay ningún problema. Así tendrá que ser
siempre.
Pero... ¿estamos seguros de que siempre es así? Parece
ser que no. Y para contestarlo, no hace falta recurrir a la legendaria –y amargamente
festiva- tradición sobre las suegras, por ejemplo, donde sólo el apelativo «suegra»
comporta ya una carga negativa.
Ni tampoco hace falta centrarse en lo
que podríamos llamar casos patológicos, cuando unos u otros -padres o hijos recién
casados- deciden cortar toda relación porque «no hay quien se entienda».
Se trata, sin más, de reflexionar sobre el tema, por si la reflexión puede ayudarnos
a encontrar el norte de lo adecuado, de lo normal.
Familia: lo esencial
y lo demás
Entre todas las relaciones posibles en una familia (padres-hijos,
hijos-padres, entre hermanos, con los abuelos, etc.), siempre son los padres el
origen y el soporte del dinamismo vital de su familia.
Por otra parte,
las relaciones conyugales son, como veíamos en páginas anteriores, el espejo en
el que se reflejan las demás relaciones familiares.
Por consiguiente,
marido y mujer han de vivir sinceramente identificados en lo importante, dentro
de un parejo equilibrio anímico, si de verdad aspiran a hacer de su familia...
todo lo que de buena una familia puede ser.
Sí: las relaciones conyugales,
las buenas relaciones conyugales, no son una pieza más del ensamblaje de la familia;
son el pilar básico que la sostiene en su más auténtico bien-ser.
Pudiera
parecer que nos hemos ido del tema, porque estábamos hablando de la relación padres-hijos
políticos. Y no es así. Ahora, tal vez entendamos mejor el grave error de ciertas
conductas. Nos preguntaríamos:
¿cómo es posible que haya padres -abuelos
jóvenes- capaces de interferir, hasta el punto de malograrlas, las buenas relaciones
conyugales de los hijos casados?
Y también:
¿cómo es
posible que el matrimonio joven entre en este juego -es que tu padre, es que tu
madre...- y caiga en la trampa de ir diferenciando entre lo tuyo y lo mío, cuando
por amor se habían situado en un único y maravilloso nuestro?
A
poco que se piense, no es admisible que suceda. Cierto es que estamos marcados
por egoísmos grandes o pequeños; que a los mayores tal vez les cuesta renunciar
a su «dirigismo» con el hijo casado; incluso, en más de una ocasión creerán que
están haciendo un bien al incidir, con su acción o su consejo en la vida de ese
inexperto hijo suyo y en la de su no menos inexperta esposa.
¿Nos
lo han pedido ellos?
Si es así, limitémonos a apuntar, a sugerir;
que la decisión y la realización de lo decidido sea tarea exclusiva y libre de
los hijos.
¿No nos lo han pedido?
Entonces, y si no se trata
de un serio problema, no hagamos ni digamos nada. Amemos respetando. Es decir:
sepamos huir de todo personalismo, que a menudo nos tienta.
Sobre todo,
preocupémonos de pensar cada vez, antes de actuar, en la posible repercusión que
nuestra actuación pueda originar en las relaciones conyugales de los hijos casados.
Y los hijos, ¿qué pueden hacer en el mismo sentido? Sabemos de la frecuencia
con que jóvenes y adultos suelen emplear el "es que yo soy así" o el "es mi carácter"
como justificación -más arbitrada que verdadera- para explicar los excesos o las
salidas de tono en su conducta; sabemos que quien así procede es porque va a lo
suyo, sin detenerse a pensar que sólo el ser humano, si quiere, es capaz
de cambiar y de mejorarse.
Sabemos todo esto, pero también sabemos
tener paciencia y respetar a los demás. Y si hemos de pasar por la vida con cierta
tolerancia, ¿cómo no ser tolerante en mayor grado, por cariño, con los mayores
de nuestro entorno?
Ciertamente, la nuera o el yerno pueden decir que
ellos no tienen por qué soportar ésta o aquella intemperancia de los padres políticos
y... sí tienen por qué: lisa y llanamente, por amor a su cónyuge. Otra vez, por
el bien de la relación conyugal. Por otra parte, los demás no necesitan nuestros
juicios, sino nuestras ayudas. Con los padres políticos se trata de tolerar. Y
de tolerar, amando.
Y luego, los matices
Pero... no
siempre se cuidan los detalles en las relaciones familiares. Detalles de relación
humana que implican la superación de limitaciones personales, de deficiencias
del propio carácter, etc.
Por ejemplo, el padre o suegro que sólo busca
el éxito personal y a quien no se le ríe ningún chiste, porque los repite en cualquier
circunstancia y porque pone, al hacerse gracioso, demasiada satisfacción egoísta.
O el padre o suegro que se lanza a explicaciones sin fin, como si estuviese
dando clase, en cuanto se le hace la menor pregunta, o que cuenta las mismas anécdotas
personales una y otra vez, en una repetición machacona, incluso si se intenta
interrumpirle, diciéndole que ya se las han oído.
O los suegros, él
y ella, con tendencia a atribuir a la nuera todas las actitudes que se les antojan
anormales (actitudes del matrimonio joven hacia los padres), o aquellos que no
se sienten a gusto con el yerno que procede de otro ambiente social. No comprenden
que la hija lo quiere, y hasta les cuesta perdonarle que haya metido en la familia
a un elemento tan dispar.
También se podrían mencionar casos en que
son los yernos y las nueras quienes no actúan como es debido (el yerno inestable,
que no hace más que fastidiar al suegro; la nuera que se excede en la reserva
o impide que el marido tenga contacto con los padres).
Las situaciones
a la contra y los problemas, vengan de donde vengan, existen y se repiten con
más frecuencia de la deseada.
De ahí, una vez más, la importancia de
la ayuda orientadora para que descubran, unos y otros, qué aspectos de su carácter
deberían mejorarse para facilitar la felicidad de unas buenas relaciones entre
las familias enmarcadas por la llamada FAMILIA EXTENSA.
¿Cómo superar
las propias deficiencias o limitaciones personales?
Pensando más
en los demás y menos en ellos mismos; cultivando valores, abriendo horizontes.
Y así, llegarán hasta olvidarse, en los sentimientos y en los comportamientos,
los distingos políticos (padres políticos, hijos políticos, etc.)